El empeño por ayudar y servir a los demás es una obligación moral intransferible. Se hace por conciencia y sensibilidad, para los que menos tienen y más nos necesitan.
Es una vieja consigna que se impone a las personas que tienen el privilegio de poseer más de lo que necesitan.
La brecha entre los que más tienen y los que menos tienen cada vez se hace más grande, y urge provocar un cambio de mentalidad y sanar semejante distancia.
Debería ser una responsabilidad personal, sin embargo, es un hecho de que la mayoría de los ricos son egoístas y no piensan en los demás. Dan lo que les sobra, y con eso se conforman para cumplir con su voz interior de dar algo a los demás. Pero no es suficiente. Sus excedentes son utilidades que van directamente a nuevas inversiones, más negocios o propiedades y objetos de lujo, que finalmente no nutren el espíritu, sino sólo la vanidad y el confort. Mientras tanto, hay gente, a la vuelta de la esquina, que no tiene ni para comprar sus medicinas o no tiene acceso a un techo dónde pasar la noche.
La cultura filantrópica es casi nula en nuestra sociedad, si acaso hay algunos entusiastas promotores del bien social (que suelen ser las mismas personas) las que toman la iniciativa para convencer a los miles de ricos que no voltean a ver más allá de sus narices al mundo de las carencias y marginación.
Los problemas siguen estando ahí; el hambre, las enfermedades, la ignorancia, el desempleo, la violencia, la delincuencia, los niños y los ancianos abandonados crecen por doquier. El Estado no se da abasto, tiene otras prioridades. El sufrimiento y la miseria no pueden esperar las formas burocráticas.
Es la sociedad civil, organizada, la que debe salir al encuentro con las necesidades de los más olvidados y atenderlos con los puños llenos de recursos y un corazón pleno de amor.
No hay otro camino. El drama de la vida no se puede dejar al olvido, ni a pretender ignorarlo cerrando los ojos, mientras se juega golf en un club de lujo.
El rostro de la equidad exige su igualdad, reclama su justicia.
Todos los seres humanos debemos de vivir bien, tener acceso al bienestar. Ser capaces de disfrutar de esta vida, sin la angustia de no tener ni para comer.
Los que tenemos, lo que sea, estamos obligados a compartirlo, a ser sensibles para ver en el otro lo que necesita. A vencer nuestro egoísmo, para implantar una nueva cultura del altruismo.
¿Será mucho pedir?
Si no lo hacen por amor y conciencia humana ¿habrá que obligarlos a que miren a su alrededor con la chequera lista?
¿Es caridad, obligar a dar?
GUILLERMO DELLAMARY / Filósofo y psicólogo.