Café instantáneo y Macrobús

Hace algunos años, encontrar una taza de café bueno en Guadalajara era cosa rara. No imposible, pero tampoco fácil.

Carecíamos de exigentes hábitos cafeteros. Las bebidas calientes de chocolate, atole y champurrados eran las más comunes. Los “tés” eran, y siguen siendo todavía, principalmente para remedios saludables más que brebajes del gusto. Felizmente, se ha vuelto ya costumbre aquí poder compartir el tiempo “sobre una buena taza de café”. En casa, en el trabajo, o simplemente en algún lugar público de los ya abundantes.

Aunque no había aquella cultura cosmopolita del café bueno, sí había buena hospitalidad para ofrecer un “cafecito”. A falta de opciones (y por la comodidad de su instantaneidad) lo que más aparecía en las tazas, por aquellos años, era agua tibio-caliente acompañándose de su frasco de polvo marrón oscuro. “El instantáneo no es malo... siempre que verdaderamente no se le considere café”, se decían en voz baja los conocedores que agradecían la generosidad y a la vez trataban de mantener su lealtad “cafefílica”.

Sigue cierto todavía hoy que el instantáneo no es malo (con sus adjetivos condicionantes) y que tiene su lugar para las ocasiones adecuadas, a falta del auténtico original, como suplente o solución rápida. Nunca como sustituto.

En el ejemplo del café podemos ver también una analogía de cómo ha sido la modernización de nuestra ciudad. De cómo la percepción de nuestras buenas intenciones nos hace sobre valorar el supuesto acierto de nuestras acciones derivadas.

Especialmente cuando tratamos de copiar aquello que nos resulta poco conocido, pero muy “apantallador”. Caemos en la fallida imitación ingenua, a menudo sin darnos cuenta.
Quizás el ejemplo público más actual que vivimos de esto es el fenómeno del Macrobús en la ciudad. Un tema que ha logrado ya su permanencia diaria en los medios y las pláticas, por unas y por otras.

Por mucho tiempo, el Sistema de Tren Eléctrico Urbano de Guadalajara había sido un orgullo y ejemplo del avance potencial de lo que podría ser la modernización de nuestra ciudad. Sin embargo, la desgracia de haber incrementado (por caprichos, manoteos, omisiones) los costos de construcción por kilómetro de la línea dos a varias veces más que lo que costó la primera línea, fue suficiente para dejar en letargo cualquier ánimo de retomar su avance. Se le indujo en coma a la planeación del Siteur por casi dos décadas.

Por esto, hace cinco años se intentó implantar en la ciudad un concepto “innovador” en el transporte público que sería el suplente del adormecido tren ligero: el autobús rápido en carriles exclusivos y bajo condiciones operativas de altas especificaciones. Su propósito inicial fue de vincular los nuevos fraccionamientos alejados de la ciudad con un enlace rápido para compensar las lejanías. Al concebido proyecto nonato se le mató por grillas electoreras, y al responsable de ello le dio por hacerse del suyo propio. Sin embargo, solucionó costosamente un problema que no se tenía: el de recorrer a mucha gente en camionsotes, rápidamente a lo largo de la Calzada de la Independencia. Innecesariamente disgustando tal que ahora se amenaza con aplicarle el mismo desagravio que a su predecesor mayor en Siteur. La idea no fue mala, sino mal realizada.

A nuestro sistema de planeación del transporte público le sirven bien la reversa y la neutral. Apenas al meter la primera, se nos empieza a ahogar el motor. Curiosamente, Bogotá (la ciudad inspiradora de los promotores de nuestro Macrobús) ahora aspira a tener su propio sistema de tren ligero. Un gesto de su modernización.

NORBERTO ÁLVAREZ ROMO / Presidente de Ecometrópolis, A.C.
Correo electrónico: nar@megared.net.mx
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