Cada vez más


En 1972, la Asamblea General de la ONU designó el 5 de junio como Día Mundial del Medio Ambiente, porque en esta fecha se inició la conferencia sobre el Medio Humano, celebrada en Suecia. Veinte años después, se convocó la reunión sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, conocida como la “Cumbre de Río”. En esa ocasión, los gobiernos del mundo se reunieron para tomar las decisiones y los compromisos necesarios para llevar a cabo los objetivos establecidos en Estocolmo; asumiendo el compromiso de alcanzar un futuro sostenible para la Tierra. La política ambiental supondría principalmente dos grandes retos: por un lado, proteger el acervo de los recursos naturales y, por el otro, minimizar los efectos negativos sobre el medio ambiente de las actividades económicas; “agenda verde y agenda gris”.

Apareció por entonces la publicación del estudio titulado “Los Límites del Crecimiento”, advirtiendo sobre la posibilidad de encontrar, dentro de 100 años, que los recursos naturales del planeta podrían llegar a ser insuficientes para mantener el crecimiento económico de la Humanidad, trayendo consecuentemente un colapso en la población y la capacidad industrial. De seguir las pautas actuales (las de entonces), sería el resultado más probable.

Sin pretensiones dramáticas, el reporte llevaba la intención de despertar la conciencia de quienes toman las decisiones claves que afectan de forma crucial a las poblaciones del planeta. Sin embargo, en el debate desatado entre extremos optimistas y pesimistas aparecieron opiniones tan diversas, que se ha desatado una colorida mezcla enredosa de posturas que incluyen desde las más fantasiosas, autocomplacientes, exculpatorias, fanáticas, presuntuosas, apocalípticas y sentimentaloides hasta las desesperadamente racionalizadoras que buscan atar todos los cabos de una manera inteligiblemente concertada.

Principalmente ha crecido una visión complaciente asentada sobre la fe en el progreso científico y tecnológico para vencer los propios límites de la Naturaleza, afirmando que, por ejemplo, “hace 200 años había comparativamente pocos seres humanos, los cuales eran pobres y expuestos a los caprichos de la fuerzas naturales; y dentro de 200 años esperamos ver comunidades numerosas, ricas y en control de las fuerzas de la Naturaleza”, gracias a la apresurada prosperidad económica que permitirá la liberación de los mercados mundiales.

Aletargadamente seguimos tardando en comprender la definición comúnmente usada de desarrollo sustentable, que fue dada desde 1987 en el “Informe Sobre Nuestro Futuro Común”, y que nos advierte dejar a las generaciones futuras por lo menos tantas oportunidades como las que hemos tenido para nosotros.

Somos una generación que no ha entendido y apreciado suficientemente bien lo que ha recibido para poder, conscientemente, traspasar a quienes vienen las mismas oportunidades. A lo más que podemos aspirar cumplir en este sentido sería empezar a preparar a las venideras, para que ellas por lo menos puedan tener las herramientas útiles que les permitan hacer frente a la situación que heredan inesperadamente; prepararlas para lo que nosotros no fuimos preparados.

Siempre que llega cada año el Día Mundial del Medio Ambiente se vuelve un sentimiento más y más compartido entre las comunidades de todo el planeta que la calidad de nuestras vidas está siendo perturbada por este daño sistemático al entorno ambiental. La verdadera riqueza del bien común se ve cada vez más reducida y en su lugar aparecen más y más paisajes de lesa natural y urbana.

Hoy por hoy, celebrar un Día del Medio Ambiente es una contradicción falaz; considerando la manera esquiva con que se trata el tema los 365 días del año. Ciertamente hay poco que aplaudir, mucho que lamentar. No obstante, haciendo honor a quien honor merece, a lo poco celebrable habrá que darle un sincero reconocimiento.

NORBERTO ÁLVAREZ ROMO / Presidente de Ecometrópolis, A.C.
Correo electrónico: nar@megared.net.mx
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