El manual de sobrevivencia con el cual venimos al mundo se reduce básicamente a nuestra dimensión instintiva, que si bien puede asegurar la vida de la especie, no ajusta para sobrevivir como herederos de una civilización milenaria, que se ha construido invariablemente desde la dinámica social.
Esta necesidad ha generado a lo largo de los siglos manuales especializados, lo mismo para construir que para destruir, según el lado donde se produzcan. Prácticamente todas las grandes religiones y las filosofías clásicas han aportado en la línea de la construcción individual y social, desarrollando principios, símbolos y rituales orientados al cultivo de una vida de proporción humana y no meramente animal. El éxito de estos caminos explica su prevalencia en el tiempo.
No obstante, cuando la sociedad entra en etapas de turbulencia, los caminos de sabiduría filosófica o espiritual se ven relativizados y de momento relegados, haciéndose emergente el recurso al manual primitivo, con lo cual, efectivamente, volvemos a la ley de la selva. Siempre que esto ha ocurrido, el número de víctimas se vuelve innumerable, es como una marejada destructiva que arrastra con su corriente cuanto encuentra a su paso. Cuestionadas las grandes instituciones, surgen como alternativa los placebos, que ni alivian ni nutren, pero consuelan, aun si lo hacen a un costo muy alto.
Estamos recordando en estos días un aniversario más del surgimiento de una extraordinaria propuesta de vida para la Humanidad y para el mundo, y vemos hasta qué punto la turbulencia contemporánea ha reducido ese gran proyecto a pura mercadotecnia. Aun si Santa Claus no forma parte de nuestros símbolos originales, verlo en un comercial seducido por una exuberante dama, nos habla de la decadencia a la que estamos llegando y la irresponsabilidad de quienes producen este tipo de anuncios.
No obstante, nuestra sociedad conserva todavía con bastante vigor la celebración anual del nacimiento de Cristo, seguramente un festejo que involucra a la casi totalidad de la comunidad por encima de cualquier tipo de diferencias, divisiones o contrastes.
Si al menos 50% de todos los comerciales que vemos y oímos incluyeran la difusión del mensaje fundamental de la Navidad, es decir, ese otro manual para vivir en el mundo como seres humanos, la mercadotecnia misma se redimiría contribuyendo a divulgar los valores permanentes que han construido nuestra civilización: solidaridad, compasión, aceptación, perdón, igualdad, libertad, y comunión con todos los seres.
Esta necesidad ha generado a lo largo de los siglos manuales especializados, lo mismo para construir que para destruir, según el lado donde se produzcan. Prácticamente todas las grandes religiones y las filosofías clásicas han aportado en la línea de la construcción individual y social, desarrollando principios, símbolos y rituales orientados al cultivo de una vida de proporción humana y no meramente animal. El éxito de estos caminos explica su prevalencia en el tiempo.
No obstante, cuando la sociedad entra en etapas de turbulencia, los caminos de sabiduría filosófica o espiritual se ven relativizados y de momento relegados, haciéndose emergente el recurso al manual primitivo, con lo cual, efectivamente, volvemos a la ley de la selva. Siempre que esto ha ocurrido, el número de víctimas se vuelve innumerable, es como una marejada destructiva que arrastra con su corriente cuanto encuentra a su paso. Cuestionadas las grandes instituciones, surgen como alternativa los placebos, que ni alivian ni nutren, pero consuelan, aun si lo hacen a un costo muy alto.
Estamos recordando en estos días un aniversario más del surgimiento de una extraordinaria propuesta de vida para la Humanidad y para el mundo, y vemos hasta qué punto la turbulencia contemporánea ha reducido ese gran proyecto a pura mercadotecnia. Aun si Santa Claus no forma parte de nuestros símbolos originales, verlo en un comercial seducido por una exuberante dama, nos habla de la decadencia a la que estamos llegando y la irresponsabilidad de quienes producen este tipo de anuncios.
No obstante, nuestra sociedad conserva todavía con bastante vigor la celebración anual del nacimiento de Cristo, seguramente un festejo que involucra a la casi totalidad de la comunidad por encima de cualquier tipo de diferencias, divisiones o contrastes.
Si al menos 50% de todos los comerciales que vemos y oímos incluyeran la difusión del mensaje fundamental de la Navidad, es decir, ese otro manual para vivir en el mundo como seres humanos, la mercadotecnia misma se redimiría contribuyendo a divulgar los valores permanentes que han construido nuestra civilización: solidaridad, compasión, aceptación, perdón, igualdad, libertad, y comunión con todos los seres.