“’Ai pa’ l’otra...”

ENTRE VERAS Y BROMAS                

Por supuesto, peor sería si la autoridad municipal, a la cómoda, se dedicara a dejar pasar los escasos tres años que dura su encargo como si estuviera en el limbo —en la hipótesis de que el Vaticano no lo hubiera descontinuado—, más allá del bien y del mal; a realizar alguna obra de relumbrón, para dejar una placa de bronce como constancia de su paso por la historia de la ciudad; a remendar lo que se vaya despedazando, y a desentenderse de rehabilitaciones a fondo y de acciones preventivas que sólo sirven para cambiar, durante las campañas electorales, los espejitos de las promesas por el oro de los votos. A nadar “de muertito”, pues, como se dice en la jerga política.

—II—

Peor sería si, aun a sabiendas de que al emprender obras como la repavimentación de algunas calles del primer cuadro —López Cotilla, por ejemplo— están empezando a contar a los ciudadanos El Cuento de Nunca Acabar, optara por darse por vencida de antemano... Rascarle al pavimento, más que comprobar el deterioro del subsuelo, es penetrar a la aterradora Casa de los Espantos, con socavones, grutas y cavernas por doquier, derivadas de las fracturas y las correspondientes fugas de una infraestructura hidráulica ruinosa. Proponerse renovar las banquetas invita, en automático, a tirar la toalla. Si se considera que en el pomposamente denominado centro histórico (en el que no queda la menor huella de Doña Beatriz Hernández, Nuño de Guzmán u otro cualquiera de los venerables padres fundadores) hay centenares de fincas abandonadas, y por lo menos otras tantas más condenadas a la demolición y ulterior reconstrucción, si se les quiere dar la oportunidad de ganarse dignamente la vida, ¿qué caso tiene —se preguntará la au
toridad— reconstruir, con la consiguiente “inversión”, lo que mañana o pasado tendrá que destruirse para volverse a hacer...?

—III—

Sin embargo, no todo debe ser pesimismo. También puede verse, con una poca de buena voluntad, el vaso medio lleno... Si “la cuarta Guadalajara” —como la llaman los historiadores— está al borde del colapso, queda la esperanza de que la próxima salga mejor. (Después de todo, ya dice el adagio que “No hay quinto malo”).
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