Ya se había planteado años atrás. Que algo debió andar mal cuando no se pudo concertar el principal proyecto nacional, orgullo de un sexenio, como lo quiso ser un simple aeropuerto adicional para el Valle de México (obra nada fuera de este mundo). Ni siquiera por haber tenido dos opciones plenamente estudiadas, viables y listas. Ante la tecnología aeronáutica los machetes reinaron.
Algo debe andar mal cuando los macro proyectos del transporte colectivo con autobuses articulados (los camiones orugas) resultan con mayor contaminación total y en viajes más costosos y más tardados para los usuarios (tanto en León, Guanajuato, como en Guadalajara, Jalisco). O cuando a la única empresa de petróleo con pérdidas en el mundo se le encomienda construir la refinería más cara justo cuando sus recursos se ven mermados por una burocracia cuyos gastos crecen más mientras los ingresos y sus reservas descienden.
Algo debe andar mal cuando después de 15 años (y miles de millones de pesos gastados) se reconoce el fiasco del costoso programa de subsidios agrícolas que se implementó para fomentar la productividad, la igualdad y la sustentabilidad del campo mexicano a raíz del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).
En la historia del ocaso de las civilizaciones, la complacencia ha estado a la par de las guerras y catástrofes naturales entre las causas, las condiciones y las consecuencias de su término. Y no hay desenlace más atroz que la hambruna generalizada, prolongada. Ya en las últimas décadas, el Continente Africano ha dado muestras de esto en los tiempos modernos.
El origen de la civilización (y del Estado como forma de organización de las razones, pasiones y acciones humanas) surge por los asentamientos humanos que dominan la agricultura y el manejo de los escurrimientos de aguas para su beneficio. Para sobrevivir, los asentamientos humanos le merman (roban dirían algunos) recursos a los ecosistemas dentro de los cuales proliferan. En cierta forma, los asentamientos humanos son a los ecosistemas lo que los parásitos son a los organismos vivos. Como todo parásito, sobreviven mientras su organismo huésped no muera. Muriéndose el cuerpo al cual se aferra, el parásito también se va con él. Como un camposanto, nuestro planeta está lleno de ejemplos en ruinas de pueblos y ciudades cuyos destinos se vieron truncos por sobrepasarse en el abuso de sus riquezas ecológicas.
En México no cantamos mal las rancheras. Empiezan a manifestarse a nivel nacional los efectos devastadores sobre los ecosistemas que trae consigo los malos hábitos de nuestra manera de progresar económicamente. Particularmente en y alrededor de las ciudades se sufren ya las consecuencias del crecimiento urbano desordenado. Pero sobre todo, es en el campo rural donde se empiezan a dar las condiciones críticas en los ecosistemas cuyos síntomas apuntan al agravamiento.
Particularmente, cómo manejamos el agua y cómo producimos nuestros alimentos están resultando (como dos medicinas mal administradas causando un mal efecto combinado) en el menoscabo de la salud ecológica del país. La complacencia nos ciega a lo que nos rodea. ¡Aguas con la comida! Va la advertencia.
NORBERTO ÁLVAREZ ROMO / Presidente de Ecometrópolis, A.C.
Correo electrónico: nar@megared.net.mx
Algo debe andar mal cuando los macro proyectos del transporte colectivo con autobuses articulados (los camiones orugas) resultan con mayor contaminación total y en viajes más costosos y más tardados para los usuarios (tanto en León, Guanajuato, como en Guadalajara, Jalisco). O cuando a la única empresa de petróleo con pérdidas en el mundo se le encomienda construir la refinería más cara justo cuando sus recursos se ven mermados por una burocracia cuyos gastos crecen más mientras los ingresos y sus reservas descienden.
Algo debe andar mal cuando después de 15 años (y miles de millones de pesos gastados) se reconoce el fiasco del costoso programa de subsidios agrícolas que se implementó para fomentar la productividad, la igualdad y la sustentabilidad del campo mexicano a raíz del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).
En la historia del ocaso de las civilizaciones, la complacencia ha estado a la par de las guerras y catástrofes naturales entre las causas, las condiciones y las consecuencias de su término. Y no hay desenlace más atroz que la hambruna generalizada, prolongada. Ya en las últimas décadas, el Continente Africano ha dado muestras de esto en los tiempos modernos.
El origen de la civilización (y del Estado como forma de organización de las razones, pasiones y acciones humanas) surge por los asentamientos humanos que dominan la agricultura y el manejo de los escurrimientos de aguas para su beneficio. Para sobrevivir, los asentamientos humanos le merman (roban dirían algunos) recursos a los ecosistemas dentro de los cuales proliferan. En cierta forma, los asentamientos humanos son a los ecosistemas lo que los parásitos son a los organismos vivos. Como todo parásito, sobreviven mientras su organismo huésped no muera. Muriéndose el cuerpo al cual se aferra, el parásito también se va con él. Como un camposanto, nuestro planeta está lleno de ejemplos en ruinas de pueblos y ciudades cuyos destinos se vieron truncos por sobrepasarse en el abuso de sus riquezas ecológicas.
En México no cantamos mal las rancheras. Empiezan a manifestarse a nivel nacional los efectos devastadores sobre los ecosistemas que trae consigo los malos hábitos de nuestra manera de progresar económicamente. Particularmente en y alrededor de las ciudades se sufren ya las consecuencias del crecimiento urbano desordenado. Pero sobre todo, es en el campo rural donde se empiezan a dar las condiciones críticas en los ecosistemas cuyos síntomas apuntan al agravamiento.
Particularmente, cómo manejamos el agua y cómo producimos nuestros alimentos están resultando (como dos medicinas mal administradas causando un mal efecto combinado) en el menoscabo de la salud ecológica del país. La complacencia nos ciega a lo que nos rodea. ¡Aguas con la comida! Va la advertencia.
NORBERTO ÁLVAREZ ROMO / Presidente de Ecometrópolis, A.C.
Correo electrónico: nar@megared.net.mx