— Festival

ENTRE VERAS Y BROMAS                 

Si de festivales se trata, el término medio en que afirma el adagio que se encuentra la virtud sería “Ni tanto Bach que queme al santo... ni tanta Paquita la del Barrio que no lo alumbre”.

—II—

Por muchos años, Guadalajara sostuvo la etiqueta de “La Atenas de las Américas” y el prestigio de “ciudad (supuestamente) culta”, ni siquiera con alfileres: con saliva... y gracias. Otras ciudades del país asumieron, en esa materia, el liderazgo: Morelia con sus festivales internacionales de órgano, y los adicionales de teatro y cine; Guanajuato con el Festival Internacional Cervantino, que fue capaz de resurgir de su transitoria degeneración en “cerventino”. En fin...

Ahora, sin perjuicio de que la transformación del ex cine Diana en teatro y la creación del Auditorio Telmex han orientado sus afanes más a lo comercial que a lo artístico propiamente dicho, la también llamada alguna vez, en alarde de imaginación, “La Florencia Americana”, ya tiene de qué presumir. La edición actual del “Zapopum” ha privilegiado los espectáculos de vanguardia, de Primer Mundo, sobre los consabidos “conciertos de palenque” a cargo de figuras populares. Y ahora que el Festival Internacional de Mayo, en su décima primera edición ya, con Alemania como país invitado, entra en escena, hay galas de las que cualquier emporio cultural se enorgullecería: la presentación, esta noche, de la Orquesta de Cámara de Stuttgart; el estreno en Jalisco de “Fidelio” —la única ópera de Beethoven—; la presencia de solistas (Johannes Moser, Daniel Müller-Schott, Markus Groh, Ingolf Turban) o directores (Klauspeter Seibel, Johannes Wilder) de élite... y un centenar de etcéteras más.

—III—

No se desea mal a nadie, pero la concurrencia a los señalados espectáculos y el desdén a fórmulas manidas —la cancelación del recital de Paquita la del Barrio, verbigracia, por falta de interés del público— son, en el buen sentido de la palabra, síntomas de que, si se le estimula debidamente, también el buen gusto se refina. (Como reprochaba —sabiamente— a su amo el asno de la fábula de Iriarte: “Yo tomo / lo que me quieras dar; pero, hombre injusto, / ¿piensas que sólo de la paja gusto?; / dame grano y verás que me lo como”).
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