Casualidad absoluta: un día como hoy, hace exactamente 13 años (el 4 de febrero de 1997), “El Mundo”, de Madrid, difundía la nota necrológica de Evaristo Acevedo. Comenzaba así: “La noticia decía que Evaristo Acevedo ha muerto. La noticia real es que Evaristo Acevedo se ha transformado en inmortal”... El resto, por supuesto, era el repaso, a vuelo de pájaro, de la vida y obra del autor, entre otros libros, de “Los serenos duermen de noche”...
—II—
El caso es que en tardes lluviosas como las de estos últimos días, en que escribir, alternando los teclazos con sorbos de buen café, es un ejercicio de calistenia —casi una necesidad fisiológica, en el mejor de los sentidos—, surgió, casi espontánea, la evocación de Evaristo Acevedo por su hipótesis acerca de las diversas utilidades de los periódicos: “Primera —decía él—, la utilidad cultural, consistente en anticipar las alineaciones de los equipos de futbol para los partidos del próximo domingo; segunda, la utilidad histórica, por lo conveniente que será, para los estudiosos del mañana, revisar en las hemerotecas cuánto costaba en nuestros días un boleto de entrada al cine; y tercera, la utilidad envolvente, porque para hacer un cucurucho con el cual envolver garbanzos o lentejas en el mercado, nada suple al periódico del día anterior”.
—III—
Es probable, a la vista de la segunda utilidad de los periódicos, que alguien, en el año 2110, cuando nuestros tataranietos estén conmemorando el tercer centenario de la Independencia y el segundo de la Revolución, celebrando que ese año va a iniciarse la construcción del último de los Arcos del Milenio y poniendo a enfriar la champaña porque el Atlas estará a punto de ganar el segundo campeonato de su historia, se tropiece con estas páginas. Se enterará de que, en forma por demás atípica, en estos primeros días de febrero de 2010, en Guadalajara llovía de manera incesante. Se enterará de que, a esto, los tapatíos —que, como se ha demostrado en los laboratorios de la NASA, son como los merengues: con una gota de agua se disuelven— lo llamaban “mal tiempo”. Y vendrá a saber que nosotros, sus tatarabuelos, gastábamos fortunas en construir obras para abastecer de agua a la ciudad y desperdiciábamos de manera inicua la que nos caía del cielo, porque nuestros gobernantes nos decían que “no es posible aprovecharla”... (Y nosotros —¡necios, bobos, mentecatos...!— se los creíamos).
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El caso es que en tardes lluviosas como las de estos últimos días, en que escribir, alternando los teclazos con sorbos de buen café, es un ejercicio de calistenia —casi una necesidad fisiológica, en el mejor de los sentidos—, surgió, casi espontánea, la evocación de Evaristo Acevedo por su hipótesis acerca de las diversas utilidades de los periódicos: “Primera —decía él—, la utilidad cultural, consistente en anticipar las alineaciones de los equipos de futbol para los partidos del próximo domingo; segunda, la utilidad histórica, por lo conveniente que será, para los estudiosos del mañana, revisar en las hemerotecas cuánto costaba en nuestros días un boleto de entrada al cine; y tercera, la utilidad envolvente, porque para hacer un cucurucho con el cual envolver garbanzos o lentejas en el mercado, nada suple al periódico del día anterior”.
—III—
Es probable, a la vista de la segunda utilidad de los periódicos, que alguien, en el año 2110, cuando nuestros tataranietos estén conmemorando el tercer centenario de la Independencia y el segundo de la Revolución, celebrando que ese año va a iniciarse la construcción del último de los Arcos del Milenio y poniendo a enfriar la champaña porque el Atlas estará a punto de ganar el segundo campeonato de su historia, se tropiece con estas páginas. Se enterará de que, en forma por demás atípica, en estos primeros días de febrero de 2010, en Guadalajara llovía de manera incesante. Se enterará de que, a esto, los tapatíos —que, como se ha demostrado en los laboratorios de la NASA, son como los merengues: con una gota de agua se disuelven— lo llamaban “mal tiempo”. Y vendrá a saber que nosotros, sus tatarabuelos, gastábamos fortunas en construir obras para abastecer de agua a la ciudad y desperdiciábamos de manera inicua la que nos caía del cielo, porque nuestros gobernantes nos decían que “no es posible aprovecharla”... (Y nosotros —¡necios, bobos, mentecatos...!— se los creíamos).