— Amargura

Desde el fondo de su dolor; desde la entraña misma de su legítima, profunda e incurable amargura, Alejandro Martí sigue siendo algo así como la voz de la conciencia de México. Con la autoridad moral que le da haber sido, muy a su pesar, la víctima indirecta de un crimen doblemente atroz —primero, por la tragedia de que su hijo Fernando fuera secuestrado y sacrificado por sus plagiarios; después, por la impunidad de los delincuentes—, el prominente empresario se ha convertido en el portaestandarte de la indignación social y en el vocero de tantos y tantos mexicanos que no tienen voz...
—II—
A cambio de que ocasionalmente sus intervenciones en foros públicos —por cierto, no sólo consentidas, sino propiciadas por la autoridad; como si se tratara de decir que es lo menos que puede hacerse: en vez de acallarla, facilitar que su crítica sea escuchada— patinan por inconsistentes, por surgir más del hígado que del cerebro, en otras ocasiones sus palabras han pegado de lleno en la diana.
Ayer, por ejemplo...
A 10 días de distancia de las elecciones, en efecto, Martí hizo un diagnóstico descarnado de una de las más atroces desgracias que tiene que soportar este país: por una parte, el avance incontenible de todas las manifestaciones delictivas; por otra, “la ineficacia de los políticos” en el combate al crimen; y para colmo, la ineficacia del pomposamente denominado “sistema de justicia penal”: un sistema incapaz de rehabilitar al delincuente; un sistema que convierte a las cárceles en universidades del delito.
Puesto que las leyes están en la base de todas esas estructuras viciadas, incompetentes, invadidas por el cáncer de la corrupción, Martí enuncia otra lacerante, ofensiva, insostenible realidad: el aparato legislativo, distanciado de la sociedad a la que dice representar. “Un contrasentido —dice Martí—, si tomamos en cuenta los millones de pesos que nos cuestan a los ciudadanos”.
—III—
A Martí —homónimo del libertador y poeta nacional de Cuba, José de nombre, uno de los espíritus más nobles que ha habido—, desde el fondo de un dolor que lo acompañará hasta la tumba, le queda el consuelo de que, cuando habla, es escuchado... Le queda, por tanto, la esperanza de que si la vida de su hijo fue truncada brutalmente en vano, su muerte, al menos, no haya sido en vano.

ENTRE VERAS Y BROMAS

JAIME GARCÍA ELÍAS
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