México
Darán comida a rarámuris, pero a cambio de trabajo
Javier Ávila, defensor de derechos humanos en Chihuahua, afirma que la intención es no dar más ayuda paternalista y sí llegar al fondo del problema
GUADALAJARA, JALISCO (17/ENE/2012).- Quedarse con los brazos cruzados no es una opción. Los rumores de gente suicidándose en la Sierra Tarahumara ya han sido despejados tanto por el Gobierno de Chihuahua como por miembros de la sociedad civil, lo que no implica que no exista un problema de hambruna.
En diálogo telefónico, Javier Ávila, integrante de la Comisión de Solidaridad y Defensa de los Derechos Humanos, menciona que distintas organizaciones civiles y la Fundación del Empresariado Chihuahuense se han coordinado para llevar alimentos a las comunidades indígenas, pero sin permitir que el Gobierno del Estado lo tome como bandera política “y mucho menos electoral. Así que será difícil que se sumen”.
Un punto fundamental, puntualiza Javier Ávila, es que no se les regalará nada. Es decir, se dará alimento a cambio de trabajo. “Lo que nos interesa es atacar las causas, no los efectos, porque cada año se lleva despensa y cobijas, pero lo importante es atender la razón por la que cada año tienen hambre los indígenas”.
La Fundación del Empresariado consiguió 60 millones de pesos de instituciones tanto nacionales como internacionales, para comprar principalmente grano, que es lo que más les hace falta, agrega el defensor de derechos humanos.
“Estamos haciendo un mapeo en la Sierra para ver qué regiones son las más necesitadas, las que tienen mayor depresión en la cuestión alimentaria. El empresariado ya compró toneladas de maíz y frijol y nos pidió a la red de organizaciones que tienen presencia en la Tarahumara, que llevemos los alimentos en los puntos donde se requiere con mayor urgencia, sobre todo en lugares donde no tiene presencia ni la Cruz Roja, los Gobiernos y otras asociaciones, porque obviamente no lo pueden cubrir todo”.
Después de que se determine en qué zonas es urgente la ayuda, se les consultará a las comunidades su problemática, para entonces impartir talleres que atiendan a esta cuestión en concreto. “¿Qué les falta? ¿Cuidado de la tierra? ¿Requieren bordos? ¿Rotación de cultivos? Lo que les pedimos es que nos digan qué necesitan para mejorar la situación en el campo, y llevarles técnicos para que se capaciten, de manera que trabajen en este punto. Éste es el trabajo que se les pide a cambio de los alimentos, porque no somos papás, no queremos atención paternalista”.
En 2011 Chihuahua tuvo apenas 25% de precipitaciones en comparación con años anteriores. La Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales estima que 90% de las cosechas de frijol se perdieron por la sequía.
La dieta de los habitantes de la Sierra de Chihuahua suele complementarse con quelites, hongos silvestres y algunas otras hierbas que crecen en la temporada de lluvia; ocasionalmente cazan conejos y ardillas, pero tal fauna pareciera haberse extinguido: los que no se murieron emigraron a otras regiones en busca de agua.
Diversas crónicas periodísticas apuntan a que los casos de hambruna se vuelven cada vez más severos; los niños resultan ser de los más afectados, hasta el punto de llegar casi sin piel y con el estómago inflado para recibir atención médica.
Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), el número de familias indígenas, entre ellas de la región tarahumara, que emigra a las zonas urbanas por la sequía aumentó 3% en los últimos cinco años.
FRASE
''Lo que nos interesa es atacar las causas, no los efectos (...) lo importante es atender la razón por la que cada año tienen hambre los indígenas ''
Javier Ávila, activista.
CRÓNICA
Sin receta para el hambre
En los cuneros del hospital regional de ginecobstetricia, las enfermeras vigilan la condición de tres recién nacidos. Son dos varones y una mujer, ninguno tiene nombre de pila. Miden menos de 50 centímetros y no sobrepasan el kilo y medio. El mayor de ellos nació el 2 de noviembre. Lleva cinco semanas interno y comparte el mismo diagnóstico que el más pequeño, nacido la primera semana de diciembre: síndrome de estrés respiratorio e hipoglucemia. Ambos provienen de Bocoyna, la región más elevada de la Sierra Tarahumara. La madre del primero de ellos es una indígena de 28 años, a la que se detectó desnutrición severa cuando fue atendida del parto.
La diferencia entre los dos varones es notable. El niño indígena tiene el abdomen inmenso, como si le fuera a reventar, y su piel parece un cartón envejecido, surcado por venas y arterias. Cada día pierde peso y las convulsiones le provocaron lesiones irreversibles en el cerebro. El otro niño es hijo de una mestiza joven. Nació a las 40 semanas de gestación, pero está allí porque su madre descuidó el embarazo. Los médicos predicen que sobrevivirá sin problemas, lo mismo que la bebé, nacida antes de término, a las 32 semanas, también de madre mestiza.
El hospital de ginecobstetricia ocupa un viejo edificio, construido hace 60 años en lo que antes fue la orilla de la ciudad. Cuenta con 20 camas, quirófano, laboratorio, dos médicos generales, cuatro especialistas y 67 enfermeras. Cada mes nacen allí un promedio de 260 infantes, cuyas madres residen en 25 municipios aledaños.
Alrededor de 15% son tarahumaras, y en su mayoría, unos 20 casos por mes, llegan en estado grave, consecuencia de la desnutrición y la falta de cuidados médicos durante el embarazo. Las madres indígenas suelen ocupar 13 de las 20 camas disponibles y sus hijos acaparan igualmente el área de cuidados intensivos.
Algunas de estas pacientes indígenas provienen de lugares remotos en los que difícilmente alguien puede atenderlas. El 9 de diciembre, una de ellas alcanzó a llegar viva, tras día y medio de travesía. Era una adolescente de 14 años, originaria de Guazapares, en los límites con Sinaloa y Sonora. Tardó 24 horas para llegar a San Juanito, en el municipio de Bocoyna, y desde allí fue traslada en ambulancia hasta Cuauhtémoc. Tenía 37 semanas de gestación. Los médicos le diagnosticaron clamsia, que no es otra cosa que convulsiones que anuncian el coma durante el embarazo. Tras alumbrar fue remitida a terapia intensiva en el hospital de zona del IMSS. Su hijo sufrió desnutrición in útero y seguramente, dicen los médicos, presentará restricción de crecimiento.
En diálogo telefónico, Javier Ávila, integrante de la Comisión de Solidaridad y Defensa de los Derechos Humanos, menciona que distintas organizaciones civiles y la Fundación del Empresariado Chihuahuense se han coordinado para llevar alimentos a las comunidades indígenas, pero sin permitir que el Gobierno del Estado lo tome como bandera política “y mucho menos electoral. Así que será difícil que se sumen”.
Un punto fundamental, puntualiza Javier Ávila, es que no se les regalará nada. Es decir, se dará alimento a cambio de trabajo. “Lo que nos interesa es atacar las causas, no los efectos, porque cada año se lleva despensa y cobijas, pero lo importante es atender la razón por la que cada año tienen hambre los indígenas”.
La Fundación del Empresariado consiguió 60 millones de pesos de instituciones tanto nacionales como internacionales, para comprar principalmente grano, que es lo que más les hace falta, agrega el defensor de derechos humanos.
“Estamos haciendo un mapeo en la Sierra para ver qué regiones son las más necesitadas, las que tienen mayor depresión en la cuestión alimentaria. El empresariado ya compró toneladas de maíz y frijol y nos pidió a la red de organizaciones que tienen presencia en la Tarahumara, que llevemos los alimentos en los puntos donde se requiere con mayor urgencia, sobre todo en lugares donde no tiene presencia ni la Cruz Roja, los Gobiernos y otras asociaciones, porque obviamente no lo pueden cubrir todo”.
Después de que se determine en qué zonas es urgente la ayuda, se les consultará a las comunidades su problemática, para entonces impartir talleres que atiendan a esta cuestión en concreto. “¿Qué les falta? ¿Cuidado de la tierra? ¿Requieren bordos? ¿Rotación de cultivos? Lo que les pedimos es que nos digan qué necesitan para mejorar la situación en el campo, y llevarles técnicos para que se capaciten, de manera que trabajen en este punto. Éste es el trabajo que se les pide a cambio de los alimentos, porque no somos papás, no queremos atención paternalista”.
En 2011 Chihuahua tuvo apenas 25% de precipitaciones en comparación con años anteriores. La Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales estima que 90% de las cosechas de frijol se perdieron por la sequía.
La dieta de los habitantes de la Sierra de Chihuahua suele complementarse con quelites, hongos silvestres y algunas otras hierbas que crecen en la temporada de lluvia; ocasionalmente cazan conejos y ardillas, pero tal fauna pareciera haberse extinguido: los que no se murieron emigraron a otras regiones en busca de agua.
Diversas crónicas periodísticas apuntan a que los casos de hambruna se vuelven cada vez más severos; los niños resultan ser de los más afectados, hasta el punto de llegar casi sin piel y con el estómago inflado para recibir atención médica.
Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), el número de familias indígenas, entre ellas de la región tarahumara, que emigra a las zonas urbanas por la sequía aumentó 3% en los últimos cinco años.
FRASE
''Lo que nos interesa es atacar las causas, no los efectos (...) lo importante es atender la razón por la que cada año tienen hambre los indígenas ''
Javier Ávila, activista.
CRÓNICA
Sin receta para el hambre
En los cuneros del hospital regional de ginecobstetricia, las enfermeras vigilan la condición de tres recién nacidos. Son dos varones y una mujer, ninguno tiene nombre de pila. Miden menos de 50 centímetros y no sobrepasan el kilo y medio. El mayor de ellos nació el 2 de noviembre. Lleva cinco semanas interno y comparte el mismo diagnóstico que el más pequeño, nacido la primera semana de diciembre: síndrome de estrés respiratorio e hipoglucemia. Ambos provienen de Bocoyna, la región más elevada de la Sierra Tarahumara. La madre del primero de ellos es una indígena de 28 años, a la que se detectó desnutrición severa cuando fue atendida del parto.
La diferencia entre los dos varones es notable. El niño indígena tiene el abdomen inmenso, como si le fuera a reventar, y su piel parece un cartón envejecido, surcado por venas y arterias. Cada día pierde peso y las convulsiones le provocaron lesiones irreversibles en el cerebro. El otro niño es hijo de una mestiza joven. Nació a las 40 semanas de gestación, pero está allí porque su madre descuidó el embarazo. Los médicos predicen que sobrevivirá sin problemas, lo mismo que la bebé, nacida antes de término, a las 32 semanas, también de madre mestiza.
El hospital de ginecobstetricia ocupa un viejo edificio, construido hace 60 años en lo que antes fue la orilla de la ciudad. Cuenta con 20 camas, quirófano, laboratorio, dos médicos generales, cuatro especialistas y 67 enfermeras. Cada mes nacen allí un promedio de 260 infantes, cuyas madres residen en 25 municipios aledaños.
Alrededor de 15% son tarahumaras, y en su mayoría, unos 20 casos por mes, llegan en estado grave, consecuencia de la desnutrición y la falta de cuidados médicos durante el embarazo. Las madres indígenas suelen ocupar 13 de las 20 camas disponibles y sus hijos acaparan igualmente el área de cuidados intensivos.
Algunas de estas pacientes indígenas provienen de lugares remotos en los que difícilmente alguien puede atenderlas. El 9 de diciembre, una de ellas alcanzó a llegar viva, tras día y medio de travesía. Era una adolescente de 14 años, originaria de Guazapares, en los límites con Sinaloa y Sonora. Tardó 24 horas para llegar a San Juanito, en el municipio de Bocoyna, y desde allí fue traslada en ambulancia hasta Cuauhtémoc. Tenía 37 semanas de gestación. Los médicos le diagnosticaron clamsia, que no es otra cosa que convulsiones que anuncian el coma durante el embarazo. Tras alumbrar fue remitida a terapia intensiva en el hospital de zona del IMSS. Su hijo sufrió desnutrición in útero y seguramente, dicen los médicos, presentará restricción de crecimiento.