Jalisco
Imelda es dueña de sí misma
Lorena Valenciano decidió cambiar su vida luego del secuestro de su marido
GUADALAJARA,JALISCO (09/MAR/2015).- En un momento de su vida, Lorena Valenciano González se sintió tan dueña de sí misma que decidió cambiarse el nombre a Imelda. Ahora Imelda es su nombre. Ése es el que siempre le gustó. El que le queda más.
En el Centro de Guadalajara durante las noches de fiesta, el Bar Gil es un lugar privilegiado. Ubicado en una zona en la que los “viene viene” se apropian de las calles, en donde la gente espera arremolinada afuera de un antro de paredes palpitantes, y en donde las calles escupen el tono oscuro del abandono, en este lugar la gente se abraza, choca las caguamas y baila al ritmo de una canción de los Tigres del Norte.
Domingo. El tiempo ha cruzado las costas de la medianoche e Imelda, recargada en una mesa de madera, habla de sus hijos. Son seis. El más chico tiene 11 años y la más grande, quien también es mamá, tiene 19. A los 38 años Imelda ya es abuela de dos pequeños: Áxel cumplirá dos años en abril y el otro, que todavía no tiene nombre, nació hace unos días.
Imelda cuenta que enviudar la fortaleció de alguna manera. A su marido lo secuestraron. El monto para rescatarlo, un millón de pesos, resultaba impagable para la familia. Ella piensa que los secuestradores se confundieron de persona. Su marido era encargado de un bar de Tonalá y no tenía dinero.
Durante el año que se dedicó a buscarlo, Imelda recuerda que había muchos “levantamientos”. A menudo veía que en las noticias se contaba la aparición de 20, 30 cuerpos apiñados, desnudos, ensangrentados, pero el de su esposo nunca apareció. La familia de su marido no quiso que se involucrara. No querían que le pasara nada, pero por dentro a Imelda ya le había pasado de todo.
Cuando se adaptó a su nueva realidad, Imelda empezó a trabajar más duro. “Hay que chingarle”, se dijo. Empezó a ayudarle a su mamá a lavar y a planchar manteles. De esa forma mantuvo a sus hijos. Imelda considera que en la actualidad es difícil ser mujer en cualquiera de sus modalidades.
Es difícil ser niña, ser adolescente, ser madre. Es difícil crecer, soñar. Imelda llevó a trabajar al bar a su hija Viviana para que mantuviera a su primer hijo. Hizo lo mismo que su madre hizo con ella: le enseñó a trabajar para que viera que la vida es dura.
En abril Imelda cumplirá 39 años. Entre sus proyectos está escribir un libro para que sus hijos la recuerden. Al final de su jornada laboral, Imelda aborda su motocicleta y llega a su casa, en la Colonia Jalisco, entre las 3:30 y las 4:30 horas. Cuando despierta se dedica a atender a sus hijos. No sale de su casa si ellos no le dan la bendición. Quiere volver. Siempre quiere volver.
En el Centro de Guadalajara durante las noches de fiesta, el Bar Gil es un lugar privilegiado. Ubicado en una zona en la que los “viene viene” se apropian de las calles, en donde la gente espera arremolinada afuera de un antro de paredes palpitantes, y en donde las calles escupen el tono oscuro del abandono, en este lugar la gente se abraza, choca las caguamas y baila al ritmo de una canción de los Tigres del Norte.
Domingo. El tiempo ha cruzado las costas de la medianoche e Imelda, recargada en una mesa de madera, habla de sus hijos. Son seis. El más chico tiene 11 años y la más grande, quien también es mamá, tiene 19. A los 38 años Imelda ya es abuela de dos pequeños: Áxel cumplirá dos años en abril y el otro, que todavía no tiene nombre, nació hace unos días.
Imelda cuenta que enviudar la fortaleció de alguna manera. A su marido lo secuestraron. El monto para rescatarlo, un millón de pesos, resultaba impagable para la familia. Ella piensa que los secuestradores se confundieron de persona. Su marido era encargado de un bar de Tonalá y no tenía dinero.
Durante el año que se dedicó a buscarlo, Imelda recuerda que había muchos “levantamientos”. A menudo veía que en las noticias se contaba la aparición de 20, 30 cuerpos apiñados, desnudos, ensangrentados, pero el de su esposo nunca apareció. La familia de su marido no quiso que se involucrara. No querían que le pasara nada, pero por dentro a Imelda ya le había pasado de todo.
Cuando se adaptó a su nueva realidad, Imelda empezó a trabajar más duro. “Hay que chingarle”, se dijo. Empezó a ayudarle a su mamá a lavar y a planchar manteles. De esa forma mantuvo a sus hijos. Imelda considera que en la actualidad es difícil ser mujer en cualquiera de sus modalidades.
Es difícil ser niña, ser adolescente, ser madre. Es difícil crecer, soñar. Imelda llevó a trabajar al bar a su hija Viviana para que mantuviera a su primer hijo. Hizo lo mismo que su madre hizo con ella: le enseñó a trabajar para que viera que la vida es dura.
En abril Imelda cumplirá 39 años. Entre sus proyectos está escribir un libro para que sus hijos la recuerden. Al final de su jornada laboral, Imelda aborda su motocicleta y llega a su casa, en la Colonia Jalisco, entre las 3:30 y las 4:30 horas. Cuando despierta se dedica a atender a sus hijos. No sale de su casa si ellos no le dan la bendición. Quiere volver. Siempre quiere volver.