Jalisco
Hasta que se acabe el río
Hombres buscan obtener más ingresos, mediante la búsqueda de materiales valiosos en el Río Atemajac
GUADALAJARA, JALISCO (09/JUL/2015).- La pala hiende el agua y se clava en el fondo. Dos brazos flacos levantan la pala, que sale cargada de tierra apelmazada y piedras pequeñas. El hombre que la sostiene fuma. Coloca la plasta en una piedra y la desbroza con la mano.
El humo del cigarro se enreda en la cara de este hombre y pierde el color al confundirse con el aire gris de la mañana lluviosa. Revuelta entre las piedras y la tierra, el hombre mira un pedazo de oro. Es una cadena. Una cadena de oro de 18 quilates. El hombre hace cuentas. Dice que se cuajó. Sus compañeros le piden la cadena y la sostienen con ambas manos, mostrando la marca que determina su alto valor. Algunos lo bendicen. El hombre, huesudo y pálido, dice que con el dinero que le den por esa cadena arreglará su lavadora. Si le sobra, hasta podría pagar un taxi para regresar a su casa.
El afortunado es Pancho. Casi no habla, pero cuando lo hace, cuenta que trabaja como cargador en el Mercado de Abastos. Por día le pagan entre 400 y 600 pesos. El sueldo está bien, dice, pero esa cantidad resulta insuficiente para mantener a sus siete hijos.
En su libro El Hambre, Martín Caparrós escribe que la pobreza más cruel, la más extrema, es la que te roba también la posibilidad de pensarte distinto. La que te deja sin horizontes, sin siquiera deseos, condenado a lo mismo inevitable.
Lucas no se piensa distinto. Pero tampoco se lamenta de su situación. Hace seis años que se dedica a buscar oro en el canal. Se ufana de conocerlo desde Federalismo hasta Periférico Norte. De haber entrado a zonas en las que el agua le llega hasta las rodillas o hasta el pecho. Ha convivido con su basura, con sus animales muertos, pero nunca se ha enfermado.
Al principio, cuando se aventuró a la aguas del canal, encontró oro a raudales. Los anillos, las cadenas, las esclavas y los aretes le daban a ganar diariamente hasta tres mil pesos. Sin embargo, su suerte cambió y ahora, si bien le va, obtiene entre 300 y 400 pesos al día.
Debido a que el oro comienza a escasear en el canal, Lucas y sus compañeros deciden pasar cortas temporadas en diversas partes de éste. Si en una semana ven que no hay suficiente oro para todos, se cambian de zona. La sequía de oro los trajo hasta Atemajac, en donde la gente los mira con curiosidad, desencajando la cara por el asco.
Hay un hombre que no ha encontrado ninguna pieza de oro. Es un laminero que está a punto de cerrar su taller. Dice que en esta semana irá a la Secretaría de Hacienda y Crédito Público a darse de baja.
Desde las ventanillas de los autos que circulan por Federalismo se desparraman canciones de Lupillo Rivera, Julión Álvarez y Antonio Aguilar que se mezclan con el canto de los pájaros. Parece como si la ligera lluvia matutina hubiera secuestrado al indómito caos cotidiano. No hay claxonazos ni gritos de ambulantes que venden fruta. Abajo, en el río, Lucas toma un descanso y enciende un cigarro. Le pregunto hasta cuándo estará en el río y me contesta, totalmente convencido de sus palabras, que hasta que se acabe.
El humo del cigarro se enreda en la cara de este hombre y pierde el color al confundirse con el aire gris de la mañana lluviosa. Revuelta entre las piedras y la tierra, el hombre mira un pedazo de oro. Es una cadena. Una cadena de oro de 18 quilates. El hombre hace cuentas. Dice que se cuajó. Sus compañeros le piden la cadena y la sostienen con ambas manos, mostrando la marca que determina su alto valor. Algunos lo bendicen. El hombre, huesudo y pálido, dice que con el dinero que le den por esa cadena arreglará su lavadora. Si le sobra, hasta podría pagar un taxi para regresar a su casa.
El afortunado es Pancho. Casi no habla, pero cuando lo hace, cuenta que trabaja como cargador en el Mercado de Abastos. Por día le pagan entre 400 y 600 pesos. El sueldo está bien, dice, pero esa cantidad resulta insuficiente para mantener a sus siete hijos.
En su libro El Hambre, Martín Caparrós escribe que la pobreza más cruel, la más extrema, es la que te roba también la posibilidad de pensarte distinto. La que te deja sin horizontes, sin siquiera deseos, condenado a lo mismo inevitable.
Lucas no se piensa distinto. Pero tampoco se lamenta de su situación. Hace seis años que se dedica a buscar oro en el canal. Se ufana de conocerlo desde Federalismo hasta Periférico Norte. De haber entrado a zonas en las que el agua le llega hasta las rodillas o hasta el pecho. Ha convivido con su basura, con sus animales muertos, pero nunca se ha enfermado.
Al principio, cuando se aventuró a la aguas del canal, encontró oro a raudales. Los anillos, las cadenas, las esclavas y los aretes le daban a ganar diariamente hasta tres mil pesos. Sin embargo, su suerte cambió y ahora, si bien le va, obtiene entre 300 y 400 pesos al día.
Debido a que el oro comienza a escasear en el canal, Lucas y sus compañeros deciden pasar cortas temporadas en diversas partes de éste. Si en una semana ven que no hay suficiente oro para todos, se cambian de zona. La sequía de oro los trajo hasta Atemajac, en donde la gente los mira con curiosidad, desencajando la cara por el asco.
Hay un hombre que no ha encontrado ninguna pieza de oro. Es un laminero que está a punto de cerrar su taller. Dice que en esta semana irá a la Secretaría de Hacienda y Crédito Público a darse de baja.
Desde las ventanillas de los autos que circulan por Federalismo se desparraman canciones de Lupillo Rivera, Julión Álvarez y Antonio Aguilar que se mezclan con el canto de los pájaros. Parece como si la ligera lluvia matutina hubiera secuestrado al indómito caos cotidiano. No hay claxonazos ni gritos de ambulantes que venden fruta. Abajo, en el río, Lucas toma un descanso y enciende un cigarro. Le pregunto hasta cuándo estará en el río y me contesta, totalmente convencido de sus palabras, que hasta que se acabe.