¿Y qué paso?. . . ¡nada!
Siempre he estado dispuesto para vagabundear de abrir las puertas a la aventura y lo que aquí narro son simples vivencias de tiempos idos, del ayer; ya visité las tumbas reales en el Valle de los Reyes y Reinas, la enigmática esfinge y las pirámides de Gizeh con toda su inmensidad, recorro Egipto y no puedo sustraerme a hablar de lo misterioso, de lo oculto, de las leyendas y tradiciones que corren por estas tierras.
Desde que el tiempo es tiempo, desde que el mundo es mundo y desde que el hombre es hombre es tendencia del ser humano buscar siempre la inmortalidad, de ahí que para perpetuarse, haya hecho construcciones de gigantes y como para gigantes y para protegerlas las envuelve en un halo de misterio y maldiciones. Así encontramos que por la muerte temprana de los principales egiptólogos que encontraron la tumba del faraón Tutankamon se dio origen a la leyenda de la maldición faraónica a los profanadores de sus tumbas y saqueadores de sus bienes.
Con esos antecedentes y por el deseo e insistencia de mis compañeros de viaje en que si se encontraban en el interior de la pirámide, en medio de la cámara funeraria del faraón, el organismo se cargaría de energía positiva y fuerza dimensional (¿), y la mente se rejuvenecía; por un pasillo estrecho, encorvado para no golpearme la cabeza con un calor sofocante y casi falto de aire, entré en la pirámide hasta llegar a la cámara mortuoria en el mismo centro del milenario monumento ¿y qué creen qué encontré?...¡nada! Absolutamente nada, ni embalsamado ni sus ornamentos; aguce mis sentidos para ver si sentía o veía algo... ¡y nada! Ni siquiera cosquillas, o comezón o las famosas vibras de las que se habla tanto hoy en día.
Por lo anterior llegué a la conclusión que definitivamente tales construcciones y monumentos nada tienen que ver con seres extraterrestres y antes de salir de aquel lugar de muerte, donde la calaca reinó por tantos siglos, por el deseo de seguir viviendo, solo pensé: cuando la muerte se muera, y si es mi muerte la que se muera para conservarme vivo no necesitaré de grandes monumentos y solo perviviré para diversión o burla de las generaciones futuras.
Otra vez...
Hace años cuando visité en Guatemala la enigmática y misteriosa, pero no por eso carente de belleza arrobadora la ciudad de Tikal (el lugar donde se escuchan las voces) sucedió lo mismo que relaté: se me había dicho que quien visita la llamada Plaza Mayor que fue construida como para lisonjear el espíritu y el gusto más exigente ya que deslumbra su magnificencia he inmensidad de sus majestuosas pirámides y templos en medio de la selva, se sentiría renovado de cuerpo y espíritu, que ver las construcciones levantadas con un verticalismo audaz motivaría que se sintiera elevado hasta el más allá de ahí que lo primero que hice al llegar al lugar fue trasladarme a la Plaza Mayor ¿y que sucedió?... ¡nada! Nada de extraterrestres, ni huellas de hombres del espacio como afirman los que tienen una concepción errónea del universo, los que no quieren ver las cosas tal como son por la desinformación que tienen y solo me tocó ver el nivel cultural tan alto alcanzado por un pueblo: el Maya que fue capaz de levantar una ciudad a la cual siempre soñaré en volver algún día ya que es un privilegio estar en ella.