Ideas

Villa Purificación y sus tesoros

Estoy leyendo un libro escrito por mi buen amigo y colega Crescencio Uribe García, Notario Público en “Autlan” (conste que conforme a los sabios de la Gran Chilangostlán no se dice Tenochtitlán sino Tenochtitlan, pues será Autlan y no Autlán), pero dígase como se diga, Crescencio ha escrito un libro delicioso en el que desborda sus investigaciones sobre la Villa para lanzarse a recordar historias de esa parte del estado de la que tan poco se ha publicado; esa microhistoria que hace que cada pueblo, cada gente, cada anécdota reunida consiga que tenga sentido la existencia colectiva.

Debo reconocer que siendo esa zona origen de mi padre y sus antepasados, la obra de Chencho hace vibrar en mi ser, imaginarios que si bien no me tocó vivir, sí me tocó sentir como propios. Nombres como La Resolana, el corral de piedra y lo arado me hacen recordar momentos de mi infancia que construía mundos que si no conocía físicamente, sí lo hacía en mi imaginación, tanto que mis hermanos en cierto tiempo decían que el que esto escribe había viajado más a esa zona que mi padre, que sí nació allá.

El libro, además de la historia de la Villa, narra fundamentalmente dos temas principales muy de mi gusto personal. Uno sobre los tesoros que se enterraban para protegerlos y otro, íntimamente ligado con estas historias, por razón de que era un gran enterrador de tesoros, mucho de la vida de Pedro Zamora, autollamado el General Pedro Zamora, inmortalizado entre otros, nada menos que por san Juan Rulfo en el cuento “El llano en llamas”, del libro del mismo nombre. Muchas, pero nunca suficientes, son las historias que se han escrito sobre ese bandolero que entre muchas de las razones de mi interés es que, huyendo de sus acciones salvajes, mi familia vino a dar a esta noble y leal ciudad, de tal manera que siempre existió ese temor a esa maldad acrecentada por el tiempo y la distancia.

No hay calificativos suficientes para describir al originario del Palmar de los Pelayo, no hubo villanía que no cometiera y sus crueldades son recordadas en la zona. Uribe narra muchas de ellas, apegado a la verdad pero, sin quitarle un átomo de dramatismo, lo narra con un sabrosísimo sabor de charla entre amigos.

Nunca he podido saber cuál es la causa por la que quienes lo hacemos escribimos, tal vez es una falta de auditorio, pero escribir hace que nuestra charla se universalice hacia un público más amplio, que compartamos con muchos esos sentimientos que rondan nuestros mundos interiores. A mí el libro me atrapó y me invitó a lecturas posteriores del texto, con más detalle, gozándolo como debe gozarse, ya que no estamos ante una obra de orden perfectamente configurado, estamos ante un borbotón de recuerdos que permiten prácticamente leerlo donde quiera que abramos el libro y desde ahí disfrutarlo.

Por tanto agradezco al autor, sin su voluntad, haberme hecho gozar el texto y con el orgullo de amigo decirle que con su obra ha cumplido con el deber para con su patria chica.
 

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