Ideas

Una tumba en París

Imelda, mi mujer, y yo llegamos por primera vez juntos a París, en el tórrido verano de 1990.

Llegamos cargando un maletón endosado por mi madre y repleto de ropa para niños, al que apodábamos cariñosamente como “el monstruo verde” y que nos hizo ver nuestra suerte por Europa. No se recomienda este tipo de “turismo extremo”, sobre todo sí el departamento que te prestan, en la Rue Pasteur, está en el cuarto piso y no hay elevador.

Bueno, el caso es que llegamos los tres a París, en el amanecer, por la Gare du Nord desde Barcelona.

Estábamos muy emocionados (aunque el “monstruo verde” no lo demostrara y decidimos dejarlo encerrado en un baño el resto del viaje).  Por la ventana del departamento podía verse, unas cuadras más allá, el Sena fluyendo tímidamente, llevándose, supongo, los recuerdos de los turistas hacia el mar.

El primer día caminamos por la ciudad, a paso perdido, instalados en una suerte de embrujo que podía notarse fácilmente en nuestras caras. Oliendo, bebiendo, comiendo, viendo, sonriendo como dos adolescentes amantes de la ciudad y los gerundios.

Caminamos como si fueran a clausurar la ciudad esa noche.

Como si fuera a desaparecer para siempre.

Por la noche, sentados en un bar donde se sentaba Sartre, hicimos los planes para el día siguiente y fuimos desgranando una a una las emociones de este primer encuentro, que fue sin duda uno de esos amores a primera vista que luego terminar convirtiéndose en memorias que se conservan para siempre.

Era un jueves; yo tenía la esperanza de que cayera un aguacero para poder citar a César Vallejo que profetizaba que moriría en la Ciudad Luz, un jueves, mientras lloviera torrencialmente. Pero sobre el cielo no había ni una sombra de nube, ni de duda.

Por la mañana del segundo día nos levantamos muy temprano, y sin dudarlo dirigimos nuestros pasos hacia Montparnasse, por la margen izquierda del Sena.

Teníamos una cita en el cementerio.

En la tumba del queridísimo Julio Cortázar.

Pusimos, como todos los que llegan hasta allí, nuestra peculiar ofrenda sobre su lápida, un billete de metro con una “rayuela” dibujada por detrás y una pequeña piedra para poder jugarla.

Lo recuerdo como sí hubiera sido ayer. Un día soleado y sin nubes nuevamente.

Le dimos las gracias por sus cronopios y sus famas y su Maga y su atestada autopista del Sur.

Y le dimos las gracias por París. Y por la idea de París. Un gato cortazariano salido de ninguna parte, vino hasta mis pantalones a restregarse, para darnos oficialmente la bienvenida a la ciudad.

De ahí, caminando por supuesto, fuimos hasta donde estuvo la última trinchera de la Comuna.

Me acaba de dar un ataque terrible de nostalgia.

Leí que hace poco se cumplieron  29 años que se nos fue Cortázar y cincuenta de publicada su “Rayuela”.

Habrá que ir de nuevo, algún día, a poner otra ofrenda y repetir, uno a uno, los gerundios...
 

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