Ideas
Torreón y los medios
La historia es común: un ataque a la Policía desencadena una balacera que provoca pánico. Lo que no es común es que una pincelada de la psicosis que contagia a la nación como consecuencia de la guerra contra las drogas, sea transmitida en vivo, como sucedió en Torreón. El episodio que dio la vuelta al mundo no tuvo consecuencias trágicas por la reacción ejemplar de los aficionados en el partido entre Santos y Morelia, no por la actuación de los medios que inopinadamente convocaron a la tragedia. Los asistentes tomaron refugio cuando se desató una balacera afuera del estadio, en espera de saber qué sucedía. No hubo estampidas, y menos aún víctimas, como en situaciones similares provoca la enajenación colectiva. Mostraron, se puede alegar, una curva de aprendizaje en esa población afectada desde 2008 por la confrontación entre cárteles por la principal ruta de la cocaína hacia Estados Unidos, por donde transita 70% del estupefaciente al gran mercado norteamericano. Esa madurez contrastó con aquellos que tienen como función mediar con la sociedad, procesar y diseminar la información de manera responsable, sobretodo en situaciones de crisis: los medios de comunicación. Los momentos de drama en Torreón fueron el naufragio de la mayoría de los medios y sus periodistas, que reaccionaron con histeria porque quizás nadie los oía. De haberlos escuchados, probablemente hubieran sido responsables de una catástrofe. Narraciones en vivo en medios electrónicos afirmaban que la balacera se había desatado en el interior del estadio. Otros comentaristas gritaban que lo que veían era resultado de la violencia desatada por la guerra contra las drogas. Sin un manual para operar en momentos de crisis, probablemente por el comportamiento de sus conductores, TVAzteca suspendió su transmisión, con el costo que conlleva la autocensura. La autocensura y la tergiversación llevan por el mismo camino: desinforman. Pese al espacio que tuvieron para tomar decisiones, el paso de las horas no ayudó a la moderación, y periódicos nacionales titularon el domingo de una forma que sugería que la balacera había sido dentro del estadio. Con toda la información disponible hasta hoy, lo más crítico que sucedió el sábado en Torreón, por lo revelador del fenómeno, es lo que sucedió con los medios de comunicación. Se puede entender la confusión en esos momentos inciertos, pero el mensaje que transmitieron a micrófono abierto inyectó adrenalina adicional al miedo, que no necesita de estímulos cuando la tercera parte del país vive una violencia que en su gran mayoría desconocía, y se perdió la certidumbre en muchas zonas sobre si verán el anochecer cada mañana que amanecen. Más de 700 medios firmaron hace no mucho un acuerdo sobre coberturas en situaciones de violencia, que más parece haber estado sustentado en la cultura política mexicana de que por decreto se cambian las cosas, que en un proceso de reflexión que permita evitar que sus deficiencias se conviertan en un detonador de desinformación. Torreón demostró que los problemas de profesionalismo en los medios son más profundos de lo que se quiere reconocer. Las fallas fueron básicas y en su gran mayoría olvidaron cuál es la responsabilidad ante un micrófono. Dejaron de hablar a un gran público y entraron en pánico que sólo en la sala de su casa limitaría el impacto. En una primera aproximación a sus coberturas, se puede decir que cometieron el error primario que lleva a mirar sin observar. No es lo mismo, y de haber aplicado esa regla sencilla, les habría reducido los márgenes de error. Walter Lippman demostró este axioma en su libro “Opinión Pública”, donde relata un experimento durante un congreso de psicología en Gottingen. “No lejos del salón había una fiesta de disfraces”, escribió Lippman en 1922. “De repente, la puerta se abrió y, revólver en mano, entró un payaso en persecución frenética de un negro. Se detuvieron a pelear a la mitad del salón; el payaso cayó y el negro se le abalanzó, le disparó y entonces los dos corrieron fuera del salón”. Este episodio duró 20 segundos. El presidente del congreso pidió a todos, profesionales entrenados en la observación, que escribieran inmediatamente un reporte. “Le enviaron 40 reportes”, recordó Lippman. “Sólo uno tenía menos de 20% de errores con respecto a los principales hechos; 14 tenían de 20 a 40% de errores; 12, de 40 a 50 por ciento. Más aún, en 24 reportes se registraron 10% de invenciones”. “En síntesis, una cuarta parte de los reportes eran falsos”, precisó uno de los más grandes periodistas estadounidenses de todos los tiempos. “Si no se hubiera dicho que todo el incidente había sido preparado y fotografiado, los 10 reportes falsos hubieran sido relegados a la categoría de cuentos y leyendas; 24 reportes hubieran sido medio leyendas; y seis hubieran tenido un valor aproximado a la evidencia exacta”. Si aplicáramos tal medición básica a los reportes de los medios el sábado desde Torreón, encontraríamos titulares principales en diarios que son falsos, en beneficio del escándalo. En la parte de las transmisiones en vivo, los resultados mostrarían que no sólo hubo mentirosos, sino que pudieron desencadenar una tragedia. Incurrieron en la irresponsabilidad de cuando alguien grita en un cine “¡fuego!”, donde no midieron la consecuencia de sus actos. Hablaron como sociedad, no como quien tiene una responsabilidad con esa sociedad. El presidente de Santos lamentó el comportamiento de los medios, pero excluyó a los comentaristas mexicanos de ESPN, que se apartaron de la especulación alarmista, y buscaron dar contexto y sentido a lo que sucedió. Torreón es un síntoma de lo que se vive en los medios y no se quiere resolver. Inversión en capital humano y capacitación es algo que tampoco se quiere hacer. La frivolidad como se plantean la profesión se ha convertido en un juego de espejos, de tendencias. El tema de la violencia es el principal escenario para su comedia cotidiana, que si Torreón no marca un alto para replantear lo que están haciendo, a nadie extrañe que una tragedia en tiempos no remotos, venga a enlutarnos por la ligereza mediática que hoy padecemos.