¿Todos somos malandros?
Por Pablo Latapí (platapi.en.i@hotmail.com)
Desde que llegó a México contratado como asesor de seguridad del entonces candidato hoy presidente Enrique Peña Nieto, el general retirado Oscar Naranjo ha platicado con numerosos grupos de empresarios y personalidades compartiendo sus puntos de vista y hay una reflexión que en lo particular a mí me ha llamado profundamente la atención y que como sociedad debiera hacernos sentir como pavo reales, pero no por aquello de que al sabernos tan hermosos nos inflamos y regodeamos en nuestra belleza, sino por aquel pavo real que se sentía tan bello que el día que se vio las patas y las descubrió flacas, feas y torcidas se murió de un infarto.
El general Oscar Naranjo es colombiano, y trabajó a los más altos niveles en la policías y los servicios de inteligencia en su país en la época en que el gobierno logró finalmente empezar a ganarle la partida al narco y al crimen organizado. Batalla que nunca termina pero que en aquel país sudamericano mal que bien le ha dado una posición de ventaja a las fuerzas del orden, exactamente lo opuesto a lo que ocurre hoy en México en que estamos a merced de los narcos y de las bandas y pandillas del crimen organizado.
El general Naranjo hace la siguiente reflexión: el cometer delitos de todo tipo se convierte en algo cotidiano desde el momento en que en América Latina somos especialmente tolerantes hacia la delincuencia. Lo que se traduce en que nos hacemos de la vista gorda frente a todas las pequeñas violaciones a la ley, por considerarlas menores, pero que al final del día son tan violaciones y tan delitos como los que cometen los grandes asesinos y delincuentes.
Somos tolerantes por ejemplo con las violaciones a las leyes hacendarias, y vemos hasta con buenos ojos a todos aquellos que viven de la economía informal (que es una violación a la ley) desde los artesanos, hippies y vendedores ambulantes que sobreviven del comercio informal en las calles, hasta quienes lo hacen de manera más institucional como profesionistas que cobran en efectivo o cheque al portador sin emitir un recibo de honorarios, y todo ese ejército sobre todo de mujeres que en oficinas y lugares de reunión cotidianos venden ropa y zapatos por catálogo, cremas, medicinas alternativas y muchos de los productos de los llamados multiniveles. Al no declarar impuestos por los ingresos que obtienen, todos forman parte de la informalidad, rompen las reglas impositivas del país, provocan que se le cargue la mano a quienes sí pagan impuestos sea porque están cautivos o por ser profesionistas o comerciantes cumplidos, y al final del día utilizan los servicios de salud, educación e infraestructura que se pagan con el dinero de quienes sí pagamos impuestos.
Pero a todos ellos se les tolera.
Y la solución, según se desprende de las conclusiones del general Naranjo, no es un tema exclusivamente judicial de buscar y castigar a estos delincuentes, sino que es una tarea de Estado, donde si bien es muy importante el papel de la autoridad, también lo es el de la sociedad que con base en valores (“Yo sí cumplo”, “Yo soy legal”) debe cerrar espacios a la informalidad y estar del lado y apoyando a quienes sí pagan impuestos.
Romper esa tolerancia hacia los considerados delincuentes pequeños permite deshacer la base de la pirámide de la delincuencia que de ahí lleva a los pequeños y grandes hurtos, de ahí al secuestro y la extorsión, y de ahí a los asesinatos y crímenes de alto impacto.
Esto seguramente no nos gusta, pero al pavo real tampoco le gustan, y para nada, sus patas flacas, feas y retorcidas.