Ideas

Sucedió de nuevo

Por Eduardo Escoto

Tras escuchar las declaraciones emitidas por las partes implicadas en la reciente salida de Alondra de la Parra de la dirección artística de la Orquesta Filarmónica de Jalisco, queda claro que se decidió guardar las formas antes que generar más tensión. Ésta es una tendencia muy en boga en el campo de la comunicación institucional, que en casos como el presente –en que abundan los secretos a voces- resulta válido.

Así, se enarbolan sentidos adioses y los mejores deseos para, enseguida, cada cual partir a realizar planes quizá largamente preparados.

En este momento en que los hechos han tomado un curso y en que las posturas en pro y en contra de Alondra de la Parra esgrimen argumentos ya conocidos por todos, quizá sea mejor analizar la situación a través del lente de la historia antes que enfrascarse en un debate que promete largos episodios.

Corría el año 1964 y la entonces Orquesta Sinfónica de Guadalajara (OSG) era dirigida por el joven músico alemán Helmut Goldmann, a quien la asociación Conciertos Guadalajara -que fungía entonces como patronato de la orquesta- había contratado en 1957.

Goldmann no vino a Guadalajara a vivir de su currículum, llegó decidido a aplicar sus conocimientos para mejorar el entorno cultural local. Se dedicó a incluir obras de estreno en todos los programas de la OSG, haciendo sonar por primera vez en Guadalajara obras de Copland, Dvorak, Respighi, Elgar Purcell, Bach, Berlioz y Mahler, entre muchos otros que todavía en aquellas alturas del siglo XX no habían sido abordados por el ensamble.

Giras, numerosas conferencias-concierto, participación de solistas de gran nivel, la fundación de una orquesta de cámara, un quinteto de metales y un club de música, la interpretación de obras nuevas y su labor docente en la Escuela de Música de la Universidad de Guadalajara fueron las principales actividades de aquella brillante época para la OSG y para la cultura musical del Estado. Sin embargo, existía un grupo que pugnaba por el despido de Goldmann proponiendo que se implantara el sistema de directores huéspedes. Argumentaban que su elección era producto del “malinchismo”, que se debía tener “un cambio de aires” y que su interés por la OSG era puramente económico, cuando su sueldo era de tres mil pesos mensuales, equivalentes a cuatro salarios mínimos y medio de la época.

Pues bien, la presión y las intrigas siguieron su curso y a finales de aquel mismo año, Goldmann prefirió aceptar la oferta que se le hizo para trabajar en la Orquesta Sinfónica de Nuremberg y en el conservatorio de la misma ciudad. Por cierto, la mayoría del público se enteró de su partida al finalizar el último concierto de la temporada ante un Teatro Degollado lleno.

Las coincidencias son muchas y casi a 50 años de distancia, el status quo vuelve a imponerse; siempre será el punto más cómodo.

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