Ideas

Solamente con bravura

Por Xavier Toscano G. De Quevedo

Recuerdo que eran los últimos días del mes de mayo de 1964 cuando acompañando a mi padre acudimos, como era su costumbre los sábados por la tarde, a visitar las principales librerías del Centro de nuestra – entonces sí – hermosa ciudad, en la que nos encontrábamos invariablemente con gente educada y correcta tanto en su forma de hablar así como también para conducirse en el trato a los demás.

Después de ir recorriendo estas casas dedicadas al libro y el conocimiento, siempre dejaba para el final una librería que se encontraba sobre la calle de López Cotilla, a la vuelta del cine Variedades, y que para mí era la más esperada, porque en ella podía encontrar importantes libros sobre la Fiesta Brava, que inmediatamente empezaba a hojear y sobre todo, averiguar el costo de ellos, y así calcularme cuales podría comprar. Lo que tampoco faltaba –aunque invariablemente llegaban con bastante retraso– eran las revistas del semanario español “El Ruedo”, y ahí sí yo siempre iba preparado para adquirirlas.

Obviamente que mi sección favorita era la que estaba dedicada a las ganaderías, y que con gran deleite repasaba varias –bueno, lo admito muchísimas– veces el contenido del artículo, así como las fotografías de los toros y las dehesas. Uno de los textos que frecuentemente recuerdo es la entrevista al célebre GANADERO –y lo escribo con mayúsculas– don Carlos Urquijo de Federico, erudito criador de “reses bravas” en cuya finca de Juan Gómez pastó lo más puro de la excelencia de Vistahermosa, en la que se utilizó por más de 100 años la divisa grana y oro que fuera empleada por la Viuda de Murube desde 1872.

Por su abolengo, conocimientos y tradición ganadera las palabras de don Carlos Urquijo convendría tomarlas siempre como sabia lección y documento de verdades, por lo que hoy a 50 años de distancia —¡válgame Dios, que rápido ha pasado el tiempo!— me vienen a la memoria cuando vemos que a un toro —realmente muy pocos han sido verdaderamente bravos— se le otorga el indulto en las plazas. En referencia a esto, don Carlos sentenció: “La mayor vergüenza para un ganadero es que le perdonen la vida a un toro en la plaza”.

¡Vaya afirmación!, que juicio tan duro e inflexible del ganadero murubeño, pero que si lo entendemos tiene un gran porcentaje de razón. Él refiere en la entrevista que lo más probable es que a un toro indultado su propietario desearía utilizarlo como semental, ya fuera en su dehesa o que fuera vendido a otro ganadero con el mismo fin, sin embargo, su rigurosísima afirmación la completó diciendo: “que un verdadero conocedor de su ganado no debería equivocarse, y sí saber distinguir cuáles son sus toros para las plazas y los que tendrían que permanecer en la finca para la continuidad de su estirpe”.

Palabras difíciles pero que venidas de este señor ganadero nunca deberemos cuestionarlas, ni mucho menos ponerlas en tela de juicio. Sin embargo, debo confesar que en algunas ocasiones trato de no recordarlas y pensar que sí hay toros de indulto en las plazas. Lo que me queda más que claro es que actualmente son muy pocos los ganaderos —me refiero a los que buscan y cuidan la auténtica bravura, no a los productores de la mansedumbre y bobaliconeria— que pudiesen observar sus toros y determinar los que deberían quedarse en sus haciendas, porque ése es privilegio de unos cuantos, entre los que se encontraba el señor de Murube, don Carlos Uriquijo.

En lo personal, debo admitir, y lo hago con gusto, que ver el indulto de un “toro bravo” produce una insuperable emoción. Pero… ojo, hay que tener cuidado, porque toros auténticamente bravos hay muy pocos, y no equivocarse con el animal boyante, facilote y pastueño que lo único que muestran son cualidades borregunas. La obligación del toro bravo es la de envestir, es ésta la cualidad que lo diferencia de los demás bovinos, lo que sucede es que en las últimas décadas está tan generalizada la mansedumbre y el descastamiento, que los públicos nuevos no acostumbrados a ver y distinguir los genuinos toros bravos se confunden fácilmente y con sensiblería piden el indulto de reses que para nada se acercan en lo más mínimo a un legítimo toro bravo.

El indulto es el premio a la raza, a la virtud de un toro de siempre ir a más desde el primer momento que pise el ruedo, respondiendo a los cites con prontitud y alegría, acudiendo de largo y con toda su fuerza a la voz de picador, peleando con gallardía ante el caballo, signo inequívoco de su estirpe, mostrando su nobleza al envestir y su pujanza hasta el final, cualidad que definen al toro bravo.  

Hoy desafortunadamente se premia al menos malo, a la res —que no toro bravo— que su lidiador logró sacarle algunos pases aceptables. Pero esto sucede por la confusión y los yerros de un público al que se le vive engañando, por lo que no pueden diferenciar entre un toro con edad, presencia, trapío e integridad, de un novillote engordado y manipulado de sus astas, que es lo que habitualmente se lidia, y si a esto agregamos que los encierros provienen de ganaderías que definitivamente han desterrado y prescindido de cualquier signo de bravura en sus animales, está claro que nunca podrán valorar lo que es la bravura.

Casta, fuerza, arrogancia, nobleza y bravura; son los signos inequívocos que siempre ha distinguido a este hermoso, arrogante y único ejemplar de la naturaleza, que es, su Majestad El Toro Bravo.

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