Ideas

Servidores sin ánimo de servir

Que si hubiera sido yo la doliente en busca de conseguir una incapacidad laboral, habría fenecido en el acto, a ojos vistas de la total concurrencia, de pura impotencia y desesperanza, frente a aquella burócrata de insospechada eficiencia para empinar y sembrar de abrojos el camino hacia el trámite. Nomás porque acudí a la sede correspondiente del servicio de seguridad social, actuando en nombre de quien no podía hacerlo personalmente, fue que pude soportar los embates verbales y la porfiada insistencia de la empleada en turno, quien parecía particularmente empeñada en que yo tomara de nuevo el rumbo hacia la calle y me retirara de ahí sin lograr mi urgente cometido.

En cuanto nomás le manifesté el motivo de mi visita y mis pretensiones gestoras, un entonado “Uuuuh no” de su parte me anticipó que aquello no sería cosa fácil porque, para empezar,  y sin haberse tomado la molestia de averiguar si llenaba yo los estrictos requisitos, me hizo saber que la diligencia debía ser realizada por un familiar directo y acreditado como tal, con múltiples documentos oficiales y vigentes, en original y copia, que pasaron bajo su adusta revisión, como con ganas de encontrarles alguna irregularidad que los volviera inoperantes.

El mencionado “Uuuuh no”, con su respectivo fruncido nasal y cara de contados amigos, se hizo presente no menos de una decena de veces, aun cuando en igual número de ocasiones, a cada uno de sus exhortos, le respondí que, efectivamente, traía cuanto papel se le ocurrió requerir. Pero, tal parece que mi única y firme respuesta le acicateó la frustración que remató con un desganado “pues, bueno, vaya por su ficha, pero aquí no le van a pagar su incapacidad, sólo se la van a dar como justificante médico y ya”, asegurándose con un nuevo gesto de que había yo captado a cabalidad tan gloriosa moción.

Como por más que le espulgó no dio con alguna anomalía en el papeleo, una vez cumplimentada la inobjetable formalidad me dejó saber que me concedería la gracia de intentarlo, pero que no me aseguraba el éxito deseado, toda vez que faltaba un cuarto para las once de la mañana y, casi con seguridad, ya no se estarían repartiendo las fichas en la ventanilla cinco, indispensables para obtener la gracia de hacer fila y solicitar no sé qué papel en la ventanilla catorce, con tal de obtener el salvoconducto para presentarme en la primera oficina del segundo pasillo en el tercer piso para que, si corría con la suerte conferida por algún ente celestial, me turnaran a un oficial administrativo que revisaría, y quizá aprobaría, mi tránsito al módulo de medicina familiar, en donde debían localizar al médico correspondiente y facultado para extender el certificado de incapacidad.

Creo que nunca en mi añosa vida había logrado hacer tal acopio de paciencia, ni me había topado con un burócrata tan azorado por la misma. Fui saltando uno a uno los enunciados escollos formales para salir, una hora después, con el papel cuya procuración me puso en la coyuntura justa para asumir que la publicitada simplificación administrativa es mera leyenda urbana, y que el calvario de quienes pagamos los salarios de estos servidores con escaso espíritu de servicio empieza, para desanimarnos de recorrerlo, exactamente en la puerta de esta institución.

Sigue navegando