Ideas
Pura pirotecnia verbal
Una voz femenil dijo de pronto: “Ándale, nomás síguele y ya verás cómo te va a ir, en cuanto lleguemos a la casa”. Afanada como estaba yo en dar cuenta de un pecaminoso postre, no reparé en la tonante amenaza que alcanzó inopinadamente mis oídos, pero puesta ya en alerta, presté atención a la tímida réplica de un infante que estaba siendo verbalmente zarandeado por su propia madre. No es que me haya dado a indagar si a los contendientes les unía tal parentesco, pero como el lenguaje materno universal y represivo muestra tan pocas variantes, supuse que el menor estaba siendo advertido por su progenitora de lo que sobrevendría, si persistía en su negativa de verle el fondo al plato cargado con sopa de verduras. “Siempre es lo mismo contigo y ya me tienes harta”, siguió tronando la mujer, al tiempo que instaba al pequeño para que abriera la boca, bien grande, para empujarle aquellos trozos de vegetal que, a juzgar por la renuencia que el chico manifestaba con más prudencia que su madre, evidentemente le repugnaban. Sin acceso visual a la escena y recordando mis propios rechazos mozos, intuí que lo intragable serían calabacitas de las que en mis ayeres, sin tomar en cuenta el cerval disgusto que me provocaban su textura y sabor dulzón, fui obligada a comerlas, sin hacer gestos y agradeciendo a Dios por la bendición de tener algo que llevarme a la boca. Mas nunca, ciertamente, me indujeron la comida por la vía de la violencia, ni ante un nutrido panorama de amenazas que me ensombrecieran una semana completa, como lo estaba haciendo la susodicha con su retoño. En cuanto a las aborrecidas cucurbitáceas, si entonces lo hice por obediencia y bajo protesta, hoy no hay poder humano que me haga embodegármelas, ni siquiera como una manda para alcanzar algunos favores del altísimo. Pero, al parecer, al dueto filial con el que coincidí en aquella fonda todavía le faltaba por librar una larga batalla. Si las comedidas recomendaciones iniciales no habían logrado el efecto deseado, la madre echaría mano de un tono más enérgico que fue creciendo hasta caer en la amenaza pelada de negarle el postre, y la nieve, y los chocolates que previamente le había comprado. “Y no me hagas caras, enderézate, baja los codos de la mesa, no estés bailoteando las piernas, límpiate la boca con la servilleta y deja de estar jugando con los cubiertos”, recetó de un jalón aquella voz que al pobre niño debe haberle sonado más indigesta que diatriba de Bravo Mena. Como el pequeño no supo cuál de todos los preceptos recitados debía acatar en primera instancia, se limitó a recorrer el entorno con la vista, mientras su mamá le completaba el compendio de advertencias. “Ni creas que vas a ver tele, ni a jugar con tus tiliches; no vas a ir al futbol, ni a salir a jugar con tus amigos en el condominio porque estás castigado. Y que no se entere tu padre porque, de seguro, te pone parejo, ya estuvo suave”. Ignoro si los correctivos prometidos se cumplirían a cabalidad. De lo único que puedo dar cuenta es de que, al cabo de 10 minutos, la amenazante voz cesó y pasó frente a mí un chiquillo lirondo y saltarín que devoraba con fruición una nieve doble de vainilla, seguido por una mujer que le seguía girando instrucciones y advertencias que, seguro estaba porque sabrá Dios cuántas veces las había oído, no pasarían de la pirotecnia verbal.