Ideas

Perder la patria potestad

El otro día, que me cortaron el Sky y ya no pude ver el programa de Zona Necaxa, decidí aprovechar el tiempo libre y darle una leída a ese compendio de sabiduría y sensatez que es el Código Civil del Estado. Seguramente usted estará pensando que soy un degenerado, pero dado que mis opciones eran eso o leer en el baño las direcciones de Kimberly Clark Venezuela y otros países sudamericanos que vienen al reverso del shampoo, decidí que me resultaría más provechoso saber cómo es que nuestros padres conscriptos habían regulado las relaciones entre particulares.

Por azares del destino comencé a leer acerca de los modos de acabarse y suspenderse la patria potestad y debo decir que me quedé francamente asombrado de lo limitado de la lista. Sinceramente uno esperaría que, siendo la niñez el futuro de la patria, nuestros señores diputados fueran mucho más precisos en tipificar aquellas conductas que le valgan a uno la pérdida de la patria potestad.

A manera de ejemplos que considero se deben agregar se me ocurren los siguientes:

i. Vestir de smoking a niños de 3 o 4 años. Sí, quizá a usted le parezca que se ve muy lindo o muy gracioso. Pero en el fondo, trajear un párvulo de ese calibre no es en absoluto diferente que vestir a su perro o a su gato con una camiseta miniatura de la trinca fresera del Irapuato.
El problema adicional a todo esto es que, cuando alguien da el nefasto paso de vestir así a su hijo, solo puede ocurrir porque está llevando a la criatura a una boda, y, en algún momento, los berrinches del niño van a incomodar a toda la mesa, por lo que se confirma aquella máxima que dice que los únicos niños que son aceptables en cualquier boda son aquellos que procrearon el par de adolescentes a quienes están forzando a casarse.

ii. Aficionar a un infante a los Chocotorros. No sé si sigan en circulación después de las múltiples recomendaciones de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, pero de seguir, pocos actos son tan deleznables como el transmitirle a su chamaco su enfermiza adicción por uno de los pastelillos más piratas y cuchos que se hayan inventado jamás.
Por tanto, y atendiendo al interés superior de la niñez, quien sea que tenga a su cargo el cuidado de un menor de edad, debe poner todo su empeño en alejarlo de tan inmundo producto.

iii. Comprarle una esclavita a la semana de nacido. No sé de dónde diablos venga la afición humana por la joyería y el oropel, pero uno debe entender que si se es chaca, buchón, mirrey o cualquier otra denominación social que implique cargar el peso de su brazo en oro, se tiene el deber moral de dejar que tal gusto muera con uno y así, tal como lo comprendió Arnold Schwarzenegger en Terminator II, uno debe inmolarse para que nadie, nunca más, cargue esclavas, con el nombre escrito en cursivas, hasta el fin de los tiempos.

iv. Enseñarle a decir la frase “Ájala bisteck”. A usted y a su socio puede que les dé mucha risa aplicar tal expresión a cualquier escenario de sorpresa, como por ejemplo cuando armaron unas retas de tribal y alguien hizo un truco muy elaborado. Pero usted tiene que entender que de permear a su criatura con frases como “ájala bisteck” o su equivalente “ájala jalea” simplemente está condenando a su hijo a una vida cuyo highlight sea una aparición en Sábado Gigante.

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