Ideas

Para las vacaciones

Las revistas suelen ser ideales para las vacaciones, los aeropuertos, los catarros y otras circunstancias por el estilo, y en los puestos y las tiendas del país proliferan por montones, muchas de ellas importadas y dirigidas a los más insólitos “nichos de mercado”: desde fisicoculturistas hasta numismáticos. Pero hay de revistas a revistas, y quién sabe por qué es prácticamente imposible hallar, por ejemplo, un semanario de calidad y gran circulación como The New Yorker, por no mencionar publicaciones menos conocidas. Por suerte y casualidad, una revista inteligente que logra colarse pese a los insólitos y chatos criterios del monopolio de distribución (o quizá sea duopolio, u oligopolio: sigue siendo igualmente pernicioso y abusivo) es Vanity Fair. Probablemente su título y sus portadas contribuyan a que los de la compañía distribuidora (que difícilmente la habrán leído) la consideren una revista ligth como las que juzgan conveniente forraje para el público mexicano.
El número de agosto no decepciona, aunque está demasiado flaco para los ciento ocho pesos que ya cuesta (en meses de vacas gordas Vanity Fair puede tener hasta cerca de trescientas páginas; esto se puede escribir porque no hay peligro de que lo lean los de la distribuidora y discurran cobrar por volumen). Como de costumbre, hasta los anuncios valen la pena, y también la tradicional mezcla de frivolidad inteligente y artículos serios. Por ejemplo, después de la amplia cobertura del número anterior de la boda real inglesa, ahora nos enteramos de la bronca en que el príncipe Andrés ha metido al gobierno británico, y también de las vicisitudes de Joseph Heller para publicar su clásica Catch-22 a principios de los sesenta. A veces la cosa se pone demasiado gringa y hay que brincarse algunas notas, como la que cuenta que unos señores que se apellidan McCourt y que son los dueños de los Dodgers se andan divorciando y eso trae en jaque al mundo del beisbol. En cambio, está muy bien lo que escribe un buen periodista, James Wolcott, sobre el caso de Dominique Strauss-Kahn y las reacciones antifrancesas de los gringos (y antigringas de los franceses, claro). Pero de los artículos serios en este número, el mejor (y también el más largo) es el que analiza la posibilidad muy real de que los saudíes, supuestos aliados de los Estados Unidos, hayan estado detrás de los atentados de las Torres Gemelas. El director de la revista, Graydon Carter, escribe en su “Carta del editor” que la comisión nombrada por el gobierno para investigar el caso casi se levantó en armas cuando la obligaron, por órdenes de Bush, a suprimir de su informe la mayor parte de las pruebas que apuntaban claramente a Riad. Lo mismo pasó con el informe del Congreso, al que le amputaron 28 páginas. Lo que hacen los autores del artículo de Vanity Fair es tratar de llenar con información confiable y con mucha paciencia esos sospechosos vacíos en los informes oficiales.
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