Otras miradas
Durante toda la noche el Centro de la ciudad se ha mantenido en movimiento, pareciera que de pronto es ahí donde hay que estar porque algo está pasando en otras partes.
Son casi las cinco de la mañana, cada vez llega más gente. Las escaleras del tren ligero en Plaza Universidad y en la estación Revolución no se dan abasto, pero sólo de subida. Los autobuses urbanos ya no tienen ruta, entran y salen por cualquier calle. Autos y camionetas se van estacionando por las calles transversales a Vallarta y Américas.
Numerosas familias han dormido bajo los portales, todos los portales del Centro Histórico, o apenas dormitado, algunas han llevado tiendas de campaña de esas que se instalan en cinco minutos, otras se acurrucaron como capullos humanos en las bancas de los jardines.
Los comerciantes han velado y vendido, y no dejan de vender, sobre todo los que ofrecen café, canela, alimentos, a media avenida Alcalde; de pronto los hilos de focos parpadean como fatigados por la jornada, que aguanten un poco más, antes de que toda la gente se vaya como virutas de metal atraídas por un poderoso imán.
Y se va, en pequeñas oleadas, alertada por el rumor de las bandas de guerra que antes del alba han comenzado a tocar escoletas, por la avenida Juárez, de Corona a Federalismo. Miles de personas caminan por la avenida, hacia el poniente; en las entrecalles aguardan señoras de abolengo tapatío, arropadas por sus familiares, sentadas en sillas, con sacos y chalinas.
De pronto irrumpe una danza, miles de cascabeles saltan sobre el pavimento, más de cien tocados de coloridos plumajes se agitan al viento, pero su movimiento es peculiar y nunca visto en esta ciudad, han formado cuatro grandes círculos que giran y a la vez avanzan, cerrándose y abriéndose, inclinándose y levantándose con un dinamismo sorprendente, enmarcados por filas laterales cuyos danzantes llevan otro paso, vienen de la ciudad de México, mostrando un estandarte del apóstol Santiago y una coreografía incomparable.
A la distancia sólo se mira un mar de gente bordeando una cresta interminable de banderas y estandartes en movimiento, los sonidos se confunden hasta que se impone a mitad del contingente la música de viento de una banda monumental en la cual todos los instrumentos se han multiplicado por catorce y más.
>Por un lado personas muestran o reparten grandes estampas, cual gallardetes, invocando gracia en favor de niños y familias, por otro, jóvenes distribuyen volantes suplicando la solidaridad de todos en favor de una joven desaparecida… y no sabemos de cuantas más.
Otra danza llama la atención, sus tocados son sombreros con miles de listones que casi cubren las espaldas, y su baile lo acompaña la música suave, rítmica y sosegada de una pequeña orquesta de cuerdas, su contingente es numeroso, vienen de Michoacán.
A las ocho de la mañana, el Centro citadino que no ha dormido, se halla solitario y silencioso como pocas veces en el año, toda la vitalidad, el bullicio, el dinamismo y la energía de la ciudad ha sido atraído y encausado hacia ese polo del espíritu tapatío que se llama Zapopan.
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