Ideas

Ofrezco mi asesoría

Ahora que sé qué es, para qué sirve y el estratosférico salario que se embolsa mensualmente un asesor, juro que quiero empeñar mis saberes y experiencia en semejante oficio. Quizá mis silvestres méritos no me calificarían para incorporarme a la ralea de los presidenciales, que para eso me falta estómago y me sobran neuronas, pero sí podría destacar entre los capaces de compartir los vastos conocimientos que tienen acerca de la vida, y no porque los adquirieron en Harvard o en algún otro pomposo liceo transnacional, sino porque la han vivido lo suficiente para convertirse en una autoridad erudita y confiable a la hora de proporcionar consejos útiles y razonables.

Ya enrielada en esa línea de pensamiento y con el genuino e ineluctable derecho a trabajar menos (o nada, de preferencia) y devengar un (sustancialmente) mejor estipendio, he comenzado a enlistar mis fortalezas y a localizar las áreas en las que podría escurrir muy necesarias recomendaciones para asegurar una vida mejor (sobre todo, la propia), al fin y al cabo que si mis documentadas sugerencias no llegaran a surtir el beneficio propuesto, ni siquiera el que me pagara por ello podría hacerme reclamaciones, cuantimenos solicitarme que dejara el puesto vacante y sin tener que rendir cuentas.

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O sea, la vida fácil e irresponsable que siempre he soñado y que, cuando las ganancias de mis años más productivos ya se las entregué al Seguro Social, a cambio de una raquítica pensión, sería justo y necesario procurarme el medio para compensarlas. >

De modo que aprovechando el ojo observador, evaluador y crítico que me cargo de natural, en primera instancia estoy tanteando ofrecer mis servicios al tendero de la esquina, para sugerir, por ejemplo y entre otros muchos detalles, que contrate a un panadero más profesional, en lugar del que le surte esos molotes guangos, quebradizos y medio crudos que con tanta inconsciencia y desparpajo ofenden con el puro nombre a esa gloria tapatía que es el birote salado.

De igual manera me pondría a las órdenes de la recién instalada fritanguera del barrio que, ostentándose como artífice de la genuina comida de esta tierra, ofrece garnachas, pambazos y pancita enchilacatada al más refinado estilo del hoy renombrado D.F. y zonas aledañas. También le reorientaría sus errabundos conceptos sobre las jericallas para advertirle que no llevan grenetina, ni vainilla, ni se sirven refrigeradas. También le recomendaría encarecidamente que cambiara el letrero que anuncia su comedero como “Auténtica cocina tapatía”, para que antes de que se le ocurra incluir guajolotas en el menú, recapacite que la telera rellena de tamal no es precisamente una delicia local. >

Finalmente, y si alguien estuviera interesado en contratar mis servicios, pongo a sus órdenes mi extenso abanico de asesorías en tareas varias, tanto culinarias como periodísticas, docentes y domésticas (excepto planchar y cuidar niños), para las que cuento con una experiencia sexagenaria. Sé que nunca es tarde para estrenarse en un productivo oficio que, de haberlo sospechado tan sencillo y altamente redituable,  debí explorarlo desde mis primeras escaramuzas laborales.

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