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Nuestro mapa

Una de las características más distintivas de la vida urbana es la cantidad de capas que posee. Una ciudad es, en realidad, varias ciudades sobrepuestas, que se integran o separan según toda clase de intereses, inercias y hasta lados del ring en el combate cotidiano. No da lo mismo atravesar nuestras accidentadas calles en automóvil propio que hacerlo en transporte público (en especial en un sitio, como Guadalajara, cuyas alternativas de movilidad colectiva son, en general, deficientes, caras y hasta peligrosas). No es lo mismo vivir entre los parques y “cotos” del occidente zapopano que en mitad de la gran mancha de concreto que es el centro o padecer las desatenciones que han sufrido por años muchos barrios del oriente y el sur. Así, lo que para un fuereño parece fusionado y hasta armónico (un extraño encontrará comidas similares, acentos parecidos y físicos semejantes por todo el perímetro de la zona metropolitana), para el local puede ser una suerte de Torre de Babel repleta de personas inasimilables que nomás no se entienden.

Hay personas, entre nosotros, que no comen o se ponen encima nada que no les venda, empaquetado, un almacén. Así sean manzanas o uvas, pescado o marisco, calzones o perfume, algunos de nuestros conciudadanos piensan que no hay un solo producto local que los merezca y sostienen, sin sonrojarse, que la comida producida en las cercanías les da chorro y la ropa les saca ronchas. Otros, en cambio, ya sea por gusto, conciencia social o necesidad, abarrotan los mercados tradicionales y también los tendejones de esa curiosa y repentina erupción de tianguis aficionados, cuyos marchantes  se dedican a actividades tan dispares como el diseño de moda, zapatería y joyas, o la elaboración de mantequillas de hierbas o salsas raras o a la cría de gallinas y la respectiva recolección de huevos “de rancho”.

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Según el INEGI, la situación económica del plural de los tapatíos se puede clasificar como “clase media baja”. Y, sin embargo, el oeste de la ciudad hierve de grúas y estructuras de acero, que en algún momento serán edificios gigantescos (algunos rodean sus entradas de cines, supermercados, cafeterías, gimnasios y tiendas de mascotas, como para que nadie deba alejarse muchos metros de su departamento para cumplir buena parte de su rutina diaria). No, a sus constructores no les importa que otros proyectos similares hayan resultado un desastre y sus carcasas abandonadas o a medio construir sean visibles, por aquí y por allá, como arcaicos esqueletos de dinosaurio. Lo que quieren es seducir a la capa de población que puede pagar por sus departamentos “de lujo” (y lo entrecomillo porque no es difícil notar que algunos de los que llevan un tiempo ya en funciones lucen tan rotos y decadentes como si los hubiera edificado nuestro amigo el Infonavit). >

A la vez, en las orillas de la urbe asoman decenas y decenas de asentamientos precarios, en los que no solo no existen los servicios básicos, sino que tampoco hay esperanza de que lleguen a ser instalados en el corto plazo.

Para todo fin práctico (y el que lo dude, que se asome a una proyección satelital), nuestra ciudad ocupa casi todo el espacio entre la Barranca, La Primavera, y Chapala. Para cuando uno deja de ver casas, hacia el suroeste, ya va llegando al entronque hacia Mazamitla… En ese monstruo incontenible caben millones de personas. Cada cual con su versión de lo que sucede a su alrededor. ¿Qué las une o las separa, más allá de obviedades como el futbol, las historias familiares, etcétera? El dinero. Guadalajara es una urbe asombrosamente desigual. Y la brecha no para de crecer. Justo como esta ciudad de edificios flamantes y casuchas de cartón y lata en que vivimos. >

 

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