Ideas

Nomás no se puede

Según lo enuncia uno de los populares refranes que, como todos los de su género, suelen ser muy sabios, consta que ningún humano cuenta con la facultad de silbar y, al mismo tiempo, ingerir maíz tostado y pulverizado, mezclado con vainilla y otras especias aromáticas, sin que tan infructuoso operativo fracase. Un proverbio más, a propósito de lo mismo, infiere que no es posible que alguien se haga cargo del sonoro tañer de las campanas, mientras participa activamente en una comitiva, romería o peregrinación. Dicho en los llanos vocablos con los que están construidas ambas sentencias: “no se puede chiflar y comer pinole” y “no es posible repicar y andar en la procesión”.

A tan puntual refranero temático hoy me permitiría añadir que “no se puede atender a un cliente y chatear con los cuates” sin que ello acarreé consecuencias tan funestas como las que experimenté cuando mi manicurista consentida concedió, a uno de sus ciberamigos (o como a cinco de ellos) y a mí, una cita a la misma hora, para atendernos al mismo tiempo, aunque calculo que con diferentes resultados.

Sólo espero que a los ignotos interlocutores con los que esa tarde coincidí en la mesa de trabajo de la susodicha y compartí su dispersa atención, no les haya ido tan mal porque, lo que es a mí, terminaron doliéndome desde las uñas hasta el codo a la hora de pagar por el trabajo tan malhecho que me hizo, a consecuencia de alternar su vista y sus movimientos digitales sobre el teléfono y mis extremidades.

No creo, por ejemplo, que a los participantes en tan activo y frenético ejercicio de comunicación se les hayan reventado las yemas de los dedos, como a mí la cutícula de los meñiques por los arteros y dolorosos tallones con la lima de uñas; ni que como consecuencia lógica, a los índices de sus cuates tecleadores les hayan quedado, como a mí, un par de costras por más de ocho días. Lo más probable es que ninguno de sus mensajes enviados se haya posteado tan chueco, como el tip que la profesional del retoque me colocó para remendarme una zarpa rota; ni que alguno de sus textos haya sido recortado con la brusquedad que le aplicó a mi flamante prótesis que dejó más rabona que el resto de sus congéneres que, una por una, tras una minuciosa revisión posterior, presentaron desperfectos varios, pero todos ellos acusando la impericia que provoca el ocuparse de dos asuntos a la vez.

Y tal vez estarán de acuerdo conmigo en que, a excepción de las madres de familia, a quienes el oficio nos ha entrenado para atender cinco o seis frentes con solo una cabeza, dos manos, dos ojos y por lo menos un trío de enemigos empecinados en complicarnos el asunto (a quienes les administramos casa, comida, ropa, tareas escolares y hasta sus respectivas relaciones públicas), no hay en el mundo persona capaz de atender con solvencia dos o tres asuntos, sin que uno de ellos quede trunco, inconcluso o fallido, como mis pobres uñas mal cortadas, mal pulidas y peor pintadas, pero deseosas de arañar a cualquier prójimo que, habiendo pactado una cita conmigo, acabe compartiéndome con un cibertiliche.

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