Ideas

Ni que fuera manda

No abrió los ojos del tamaño de un plato porque sus rasgadas cuencas oculares no le dan para tan esponjosos excesos, pero juraría que la incredulidad antes bien se los empequeñeció hasta hacerla proyectar una extraña mirada de suspicacia y recelo por lo que considera mis raros modos de entender los afanes que muchos se imponen por seguir las corrientes comerciales. Pos ora sí, ni que fuera manda.
 
¿Y ya aprovechaste el Buen Fin?, me inquirió con el tacto de un paquidermo en el interior de una cristalería, haciéndome de entrada trizas la paciencia y la gana de aclararle cuanto me inquiere, cuando cree contar con la audiencia suficiente para liderar un linchamiento que termine en la zacapela verbal más aburrida del año, casi igualita a la que se arma, también por estas fechas, cuando se organiza el intercambio navideño de regalos con el que tampoco comulgo porque, según yo, al ponerle precio y especificaciones precisas, el presente pierde todo su sentido, espíritu y encanto, pero en fin (quitándole lo de buen).

Y con eso de que a mis pocas y escogidas pulgas no les simpatiza la prima metiche y preguntona, ésa que le da por acidificarme las tertulias familiares con sus preguntaderas ociosas, decidí turnar mi atención al plato de frituras de harina que me quedaba más cercano y me atiborré la boca con un buen puño, no porque me complazcan como botana, sino porque en ese momento me concedieron el pretexto perfecto para no rendirle cuentas, ni prodigarme en explicaciones por ni negativa a no volver a caer en el súper anunciado garlito anual, que casi siempre rebasa la capacidad de compra y compromete las economías familiares, a meses y meses sin intereses.

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Así que opté por dejarla rumiando a gusto su incredulidad hacia mi decidida renuncia a integrarme a la batahola de ahorradores y mejor le concedí el espacio para presumir las ventajosas gangas que ha conseguido, desde el mismo año en que comerciantes y banqueros se unieron para despacharse el aguinaldo ajeno por adelantado. Creo que a la prima le debe haber resultado más alentador y divertido acaparar la escucha de los parientes con el relato pormenorizado de sus avatares adquisitivos, antes que malgastar su atención hacia mi narración sobre el triste caso de la parrilla eléctrica que, habiendo indagado su precio con dos días de antelación al cacareado fin de semana especial, en mala hora decidí aplazar su compra hasta esos días en que su importe misteriosamente se elevó, pero para mi beneficio le rebajaron 40% que me permitió ahorrarme 13 pesotes. >

No creo que, tampoco, le hubiera encantado escuchar la experiencia de la compañera de trabajo que se entusiasmó con la idea de adquirir un ejemplar de sus pantalones favoritos a mitad de precio, siempre y cuando de un jalón comprara cuatro piezas de la misma prenda que, para su fortuna, podría ser cada una de diferente color. O el patético caso de mi peluquera que se enganchó con la descomunal pantalla que, mucho antes de finiquitar su plazo de pago, dejó de funcionar como debía y no se la repusieron por tratarse de una oferta muy por debajo de su precio regular. De modo que, uniéndome a la opinión de una amiga tan apreciada como pelandrufa que tengo, repetiré su consigna que reza: “El único buen fin que conozco es el orgasmo”.

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