Ni Ripley se la creería
Para honrar a su recién difunto padre, durante la última misa de su novenario luctuoso, un muy querido amigo solicitó la participación de un coro que acompañara con solemnidad la iturgia pertinente en estos casos, para lo que solicitó los oficios de una enterada en estos menesteres, o sea, mi hija la cantora, que buenos años de su vida dedicó a tales artes vocales, en compañía de otros virtuosos del gremio local a quienes contactaría para solicitar su intervención.
Como, por hoy, mi citada heredera reside aquí nomás pasando el río Bravo, al igual que el doliente amigo oriundo de Tototlán, en donde se llevaría a cabo la ceremonia, su círculo de allegados residentes en la Unión Americana convino en hacer su afecto presente, mediante el patrocinio de los honorarios de los cantores. Nada menos complicado que armar la coperacha y enviarla por uno de los tantos, tan seguros, tan sencillos y tan rápidos servicios que publicitan para el envío de divisas del extranjero, ni más fácil que hacerlo aterrizar en manos de un receptor tan confiable, como la mismísima madre de la organizadora del evento.
Así fue como, sin más agua va que un telefonazo tempranero, algunas indicaciones y un número de folio que a esas horas garabateé como pude, me vi convertida en la destinataria del encargo y la obligada a ocurrir al banco local al que se hizo el depósito para reclamar los dineros correspondientes y, a su vez, hacérselos llegar a quien se haría cargo de repartirlos. Acogí la encomienda con gusto y con esa extraña devoción que uno les agarra a los hijos cuando casi no los ve, pero ni de lejos imaginé el calvario que supondría rematar lo que a todas luces podría estimarse como el operativo más campechano del planeta, o eso pensé con mi mexicano candor que nunca cuenta con los procelosos y perversos trámites de las instituciones nacionales.
De tal suerte que los treinta minutos que calculé y destiné para despejar el asunto, se me volvieron siete horas de agobio institucional con el previsible saldo de misión incumplida, más el adicional desencanto de saberme inmersa en un sistema que todo lo empina, lo enmaraña, no resuelve nada y es desgraciadamente manejado por individuos igualmente errabundos e ineficientes.
Alrededor de las once de la mañana, la primera visita al banco, cuya ventanilla de atención alcancé al cabo de 40 minutos de hacer fila, solo me sirvió para enterarme de que los envíos de dinero no llegan tan rápido por lo que debía regresar después de las tres de la tarde, moción que acaté con puntualidad (y otra media hora de fila), nomás para recibir la instrucción de llamar a un teléfono por el que me darían razón de la remesa que aun no había llegado. La amable receptora en turno me notificó que debía yo comunicarme a otro teléfono de una empresa de exótica nomenclatura que trabaja para el banco, para que me informaran a qué hora y en dónde podría recibir los centavos enviados y, cuando después de que una grabadora me recitó durante 25 minutos que sus operadores estaban ocupados, se me notificó que el folio proporcionado era erróneo e imponía ser rectificado pero, por lo pronto, el dinero ya había salido de la cuenta original y permanecería congelado por dos días más.
En suma y porque el hígado se me hace moño nomás de acordarme del infame periplo que supuso un inadmisible derroche de tiempo, gasolina, llamadas telefónicas y energía personal, tuve que realizar el adicional esfuerzo de sablear mi propia tarjeta crediticia para subsanar la coyuntura melódica y tengo encendidas tres veladoras a san Cuilmas, para que el conducente reembolso (con todo y disposición) me llegue a tiempo para conjurar el desastre producido por los malditos sistemas y todos sus manejadores. Ni Ripley se creería semejante desatino y Kafka palidecería por tan flagrante absurdo.