Ideas

Mi historia de Navidad

Por: Pablo Latapí

Aprendimos que de todo lo que ocurre en estos días navideños lo más emocionante son la música y las historias; eso nos lo enseñó el abuelo. La música, de todos los géneros y estilos pero con el mismo pretexto, no deja de ser una especie de soundtrack para estos días que en cuanto la escuchamos nos transporta a tantas y tantas Navidades, unas buenas y otras no tanto.

Y de las historias, nos quedamos con aquellas que nos hablan de la Navidad como el pretexto para aflorar lo mejor de nosotros y recordarnos que somos seres en esencia buenos. Y no me refiero a los relatos fantásticos que hablan de ángeles o personajes milagrosos que aparecen de la nada para cambiar el rumbo de las cosas; hablamos de esas anécdotas que seguramente todos hemos vivido y que nos hicieron sentir como en estado de gracia.

Creo que a todos nos ha pasado.

Y aprovechando la época quiero compartir con ustedes una anécdota que me atrevería a llamar como mi historia de Navidad. Ocurrió hace algunos años, cuando yo vivía en Tijuana en una especie de exilio laboral, y que aproveché para conocer esa extraordinaria región del país.

En los días previos a la Navidad llegaron a la ciudad un grupo de ejecutivos de la Ciudad de México para armar un proyecto de expansión de telefonía celular y querían, sobre todo, conocer las características de la región. Organizamos un recorrido por la costa, visitando las poblaciones más importantes, y culminando en el Valle de Guadalupe, cuna del mejor vino mexicano.

En Rosarito, ese emblemático lugar que fue centró de diversión y perversión para el desenfrenado mundo hollywoodense en los años 50’s, querían platicar con los vendedores de artesanías y yo aproveché para caminar por el muelle, una enorme estructura que se levanta varios metros por encima del nivel del agua, y que se adentra una buena distancia en el océano.

Era un día frío, con neblina, y no se alcanzaba a ver el final del muelle, y mientras caminaba descubrí junto a mí, también caminando, a un hombre ya mayor que llevaba su caña y aparejos para pescar.

“A pescar ¿eh?”

“Bueno, a querer pescar... No creo que salga algo...”

En la forma de decirlo se sentía amargura y frustración.

Y yo, montado en la mezcla de emociones de la Navidad y de pasar esas fechas lejos de mis hijos y la familia, le dije:

“¡Por supuesto que vas a pescar”!

Y soltó la carcajada. Ya platicando un poco más me confesó que errores en la selección de sus parejas lo tenían sólo y enemistado con sus hijos. Intercambiamos números telefónicos y al final del muelle el se quedó pescando y yo me regresé para continuar el recorrido.

Ya tarde, cuando regresaba a Tijuana, aquel hombre me llamó. Estaba feliz.

“¡No sólo he pescado! ¡He sacado un lenguado de casi cuatro kilos...!”

Lo que para un pescador con caña es un portento.

¿Fui yo? ¿Fue él que se convenció que podía pescar? No lo sé, pero para mí quedó como eso: como una buena historia de Navidad, la mía, que me recordó que sirve aflorar de vez en cuando todo lo bueno que llevamos dentro.

Muchas felicidades  y... Para usted: ¿Cuál es su historia?
 

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