Ideas
Mejoramientos temporales
Mirando el corte transversal del tronco de un árbol se revela la historia de su vida; en sus anillos está cada uno de sus ciclos anuales marcados por los frondosos pulsos veraneos de crecimiento y los depilados inviernos durmientes. A través de las etapas marcadas por sus construcciones y urbanizaciones así también las ciudades muestran la historia de sus ciclos; los económicos, los políticos y los culturales. Sus épocas de prosperidad y las de tiempos difíciles quedan grabadas en sus edificios, calles, fachadas y en el estilo de sus espacios públicos y abiertos; especialmente en los monumentos, las plazas y jardines. Así se reconocen los altibajos históricos de una ciudad con mayor o menor brío. Se descubren las tecnologías reinantes de las distintas épocas, los rasgos de la gente que llegó para quedarse y los valores culturales que avivaban su identidad en otros períodos. Todas las ciudades transitan por sus buenos y sus malos tiempos. Los factores críticos varían con las circunstancias diversas, pero lo que siempre se reconoce como el factor dominante en la vida de una urbe es el nivel de liderazgo que llegan a ejercer sus dirigentes en turno; ellos marcan las épocas y los rumbos. En Guadalajara llevamos 26 años desde que se perdió la brújula con la visión del futuro que teníamos. Detonado después del temblor de 1985, el crecimiento urbano aquí ha sido desordenado, caótico, inseguro. El verdadero cambio de rumbo empezó entonces, cuando las presiones locales rebasaron las capacidades de planeación y respuesta del orden establecido. Desde entonces dejamos de ser la provincia inocente y despertamos a la cruda realidad de las modernas metrópolis inexpertas. El resultado del proceso electoral que empezamos a vivir otra vez traerá una nueva configuración de los actores en el escenario político. Invariablemente cambiarán de nuevo las percepciones de las prioridades; otra vez más en función de las ambiciones de los propios nuevos gobernantes (a su manera de entender su nuevo trabajo) y cada vez menos en respuesta a la circunstancia real de la sociedad a quien presuntamente servirán. Siempre sucede; cada quien traerá consigo sus ofertas y proyectos propios, con su empeñoso estilo para lograrlos. La experiencia dicta que las promesas de campaña siempre son mayores que el desempeño posible después del día electoral; nadie es perfecto al disiparse el humo de la demagogia. Al final de sus periodos cumplidos, a los salientes les importa irse con dos acervos: un bagaje público y otro confidencial. Aquél para presumir el éxito político en el siguiente escalón; éste con sus logros personales para su patrimonio particular y, si acaso, presumirlo en privado. Sólo parte de su gestión queda plasmada en la realidad de la ciudad que dejan. En poco tiempo, tarde en el mejor de los casos, se empieza a mostrar la realidad de cada gestión pública. Las banquetas se estropean, las calles se vuelven a embachar, los parques se deterioran. El maquillaje urbano que se le está poniendo a nuestra ciudad para recibir los próximos Juegos Panamericanos es otro ejemplo más. Quizás nuestra fiesta más costosa a la fecha. Mañana será mejor para algunos y peor que ayer para otros. Dependiendo de cómo se mida, para quienes piensan en todos parece que las cosas aún empeorarán antes de empezar a mejorar. Consideran que pasarán una o dos generaciones hasta que no se detenga la inercia de una cultura que sigue llevando a los políticos hacia rumbos desencontrados. Por más que traten de aparentar hacer más y mejores mejoras.