Martin Luther King
Dijo: “Tengo un sueño” y lo convirtió en discurso enarbolando la bandera de los derechos civiles y al voto, hace más de medio siglo. Fue intensa, aunque breve, su lucha que le valió el Premio Nobel de la Paz como hecho insólito e inspirador.
Martin Luther King con su ascendencia africana, emprendió el reto de obtener la igualdad con los enormes obstáculos que ello implica en todo tiempo y que en Estados Unidos significaba remar contra corriente aún a mediados del Siglo XX.
Oliver Stone daría curso al sueño cinematográfico imponiendo acontecimientos de los que ahora somos testigos en la persona de Barack Obama, ubicado en La Casa Blanca al amparo de trabajo, justicia y libertad.
En la narración cinematográfica la historia y la fantasía crean la amalgama característica imperecedera del Séptimo Arte, con su penetrante poder infinito en la mente del cinéfilo conducido a la diversión y el conocimiento comparativo y reverente a quienes dan sentido trascendente a la vida.
Alabanza, respeto y aun ofensa, se dan cita en los conceptos de luchadores auténticos, fincados en el derecho en la modernidad, hecho presente en todo tiempo con signos de especulación y protagonismo rechazando la imposición.
El tema adquiere presencia. Luther King vivió menos de cuarenta años desaparecido en 1968, cuando manifestaba su postura por la paz y con ella el propósito de concluir la guerra de Vietnam, bajo el principio vigente de la obediencia civil sin violencia.
La discriminación no cabía en el sustento ideológico y perseverante de Martin Luther King, como lo hizo patente desde sus años de juventud, impregnados de inquietud con acciones de voto por los derechos y deberes de una población encaminada por el bien hacia la prosperidad.
>Dios nos guarde de la discordia.