Malinchismo rampante
Ante la inminencia de hacer un viajecito “al otro lado”, como solemos referirnos al vecino país del Norte, como si fuera el único “lado” al que se puede uno desplazar, un buen amigo alentó a mi discapacitado marido a que tomara el asunto con optimismo y sin reticencias motoras. Cabe decir que mi cónyuge, tan bravo, tesonero y disciplinado que salió en eso de su recuperación, no traía escozor alguno al respecto, pero igual aceptó las sugerencias de quien recientemente había realizado un viaje similar y había tomado puntual nota de la maravillosa atención que los aeropuertos estadounidenses brindan a las personas con alguna desventaja física.
Como genuino emisario de la difunta Malinche, el entusiasta opinador no escatimó adjetivos para ponderar las bondades de la terminal aérea gringa, haciendo hincapié en las ostensibles diferencias con el desventajoso servicio de la nuestra, pero como no se trataba de frenarle la buena intención de su comentario, le agradecimos la atención y nos guardamos el entripado que suelen provocarnos las recurrentes comparaciones entre un país de primer mundo y nuestro modesto terruño nopalero.
Así las cosas, una vez en el aeropuerto local, ni necesidad tuvimos de solicitar una silla de ruedas en el mostrador de la aerolínea donde documentaríamos el equipaje, porque en cuanto descendimos al ingreso y nos enfilamos hacia el sitio referido, ya estaba un gentil trabajador poniendo su servicio a nuestras órdenes. A partir de ese momento, el desempeño de Don Mario, que era su nombre, no podría recibir más calificativo que el de excelente, porque con singular comedimiento transportó a mi marido hacia todas las subsecuentes y engorrosas diligencias a realizar y no se apartó de su encomienda, hasta dejarlo al pie de la escalerilla para abordar el avión.
No dejó de llamarme la atención que este tipo de imprescindibles operarios no son contratados por las aerolíneas, sino que pertenecen a un organizado grupo que, de las propinas que están a expensas de la buena voluntad del usuario, deben pagar porque se les permita prestar dicho servicio. De sobra sale apuntar que hay quienes lo utilizan y no se reportan con la gratificación a sus buenos oficios, pero hablar de los gandayas y aprovechados que se sirven sin erogar lo justo, sería malgastar tinta y espacio.
Justipreciando el auxilio local que recibimos y con el comentario del amigo en mente, grande fue nuestra sorpresa al llegar a la Unión Americana y aguardar, por casi media hora, la llegada del comisionado para prestar el mismo servicio. Dicha asistencia se presentó en la persona de un oriental entrado en años quien, en un inglés mascujado y con cara de muchos enemigos, dictó la indicación de que mi esposo tomara asiento en una silla que yo misma hube de empujar por dos largos pasillos, ya que el malhumorado hombrecillo, al parecer, tenía a su cargo la transportación de otros tres minusválidos que aún estaban rezagados.
Al llegar a la sala de inmigración, y con tal de no desatar un conflicto internacional, me guardé la humillación del regaño a manotazos que me acomodó el viejecillo que hasta entonces reapareció, porque debí haberme atenido a la ciencia infusa para dilucidar que me había formado en la fila equivocada, y no en la preferencial que se dispone para despachar a los que ocurren por pie ajeno.
Tras la experiencia cuya remuneración igualmente depende de una propina que allá me estrujó el codo soltar, y pa acabarla de amolar, en dólares, me surgieron tres certezas, a saber: que nuestro amigo fue a parar a un aeropuerto muy ajeno a nuestro destino, que no se vio en la necesidad de usar una silla de ruedas y que la Malinche sigue viva y muy campante en la discapacitada mente de muchos connacionales.