Ideas
Los rituales cambian, los tiempos también
En el panorama de la política nacional, desde hace tiempo se estableció la costumbre constitucional de que cada primero de septiembre el Presidente de la República en turno, debería rendir un informe anual de su gestión para dar cuenta al pueblo de todo aquello realizado en pro de lograr metas cabales y significativas que redundarán en un beneficio sustancial para el propio país, en lo que refiere principalmente a su situación económica y social. En gobiernos pasados, ese día era un gran día de fiesta en donde la clase política se reunía en pleno en el proscenio de la Cámara de Diputados, para escuchar en vivo y en directo el mensaje presidencial, y en especial, lo que importaba a los políticos profesionales del partido en el poder, era interpretar entre líneas lo que verdaderamente trató de disponer el ejecutivo federal, porque si algo en especial tiene la forma de hacer política en nuestro medio, es el manejo de un lenguaje cifrado. Era, en efecto un gran día de fiesta nacional, porque además se suspendían las labores para que toda la ciudadanía pudiera escuchar la palabra sibilina y convincente del gran "tlatoani" que con displicencia democrática repartía dones y favores a un pueblo angustiado, pero que siempre estaba en espera de la llegada de tiempos mejores, y en especial de mejores gobernantes. Por tanto, los tiempos han cambiado y los rituales también y ahora la parafernalia oficial se mueve entre líneas ya que todo funciona y se actúa echando mano a los espectaculares despliegues de la tecnología de punta, o qué no estamos ya en el contexto de lo moderno, y nuestro país, más que nunca lleno de angustias y de presares, tiene que calmar a los cuatro vientos que ya somos un pueblo moderno, aunque ocultemos nuestra pobreza y frustraciones urdiendo chistes o gritando a los cuatro vientos el sentido de nuestras protestas. Los terrenos de oratoria presidenciales, el "besa menos" tradicional y obligatorio; la presencia de la República unida en el coso parlamentario, los abrazos y los halagos, son cosa del pasado. Ahora todo es explícito, por no decir subjetivo. El espejo mágico de la televisión difunde de mejor manera la labor cierta o incierta de un gobierno a todas luces lejos del pueblo; de un pueblo que calma a los cuatro vientos su verdad absoluta y auténtica. Un pueblo que quiere paz, pan y democracia.