Los pequeños Fucker
Nunca sobra echar un vistazo a la imprescindible fusión de familias a través de los hijos, con los correspondientes rechazos y obstáculos, provenientes del bien o mal entendido amor. Esta es la esencia de esta secuencia –anterior fue La familia de mi novia–, donde ya surge una ingenua tercera generación.
Robert de Niro y Dustin Hoffman encabezan el reparto masculino con su incuestionable magnetismo, complementado por Ben Stiller y Owen Wilson, éste sobre quien se hace un excelente doblaje circense digno de aprecio.
El tema es comedia con ribetes de atrevidos detalles sexuales en los que prevalece respeto a los valores del amor sincero entre parejas. Es este agudo cinismo de la película lo que la hace divertida y atrevida, sin llegar al insinuado divorcio que aparece como algo no deseado familiarmente y menos aún por los propios integrantes de la pareja.
Sin embargo, resurge la desconfianza del suegro, interpretado por el ya viejo De Niro, quien en una de sus tantas actitudes descubre en la valija del yerno, Dr. Bob, unos estimulantes de sexo masculino; ingiere uno que le pone al borde del infarto y es el Dr. Bob que le salva la vida para dejar superada la animadversión del suegro por algún tiempo.
La crisis surge en el cumpleaños del nieto –por la animadversión latente entre suegro y yerno–. Se insultan y golpean, al grado de poner en peligro la vida del suegro, a quien nuevamente el médico salva de la muerte con el convencimiento de su leal conciliación que genera total felicidad familiar. Los pequeños Focker son una lección de vida, donde las presunciones negativas afloran sentimientos de desconfianza con ribetes de perjuicio familiar. El tratamiento de comedia evita lo que podría desembocar en drama y a cambio, todos felices con perdón y olvido.
Dios nos guarde de la discordia.