Libros de verano
Es común que por esta época, con los niños en plenas vacaciones escolares y las calles de la ciudad ligeramente menos abarrotadas que de costumbre, algunos periódicos y revistas dediquen alrededor de veinte centímetros cuadrados de espacio impreso a recomendarles a sus hipotéticos lectores unas cuantas lecturas veraniegas. Dichas recomendaciones suelen ser las mismas que el pasquín en cuestión hace todo el tiempo y se parecen misteriosamente a los avisos publicitarios que las casas editoriales llegan a colocar en sus páginas: novelones de magos, vampiros, sexo sadomasoquista (pero romántico: a la protagonista le dan flores en un yate mediterráneo luego de las nalgadas) y presuntos análisis sobre el narcotráfico que no suelen decir mucho más de lo que ya han establecido mil especialistas (no menos presuntos) en noticiarios de televisión y columnas políticas.
Además de este desacierto inicial, que no es menor, está el asunto del entorno para el que se planean las dichosas lecturas. Nunca he sido parte de quienes creen que una tumbona en medio de la playa es el mejor sitio para leer un título más exigente que una guía de turistas. Difícil imaginarse con un Lobo Antunes en las manos mientras se está rodeado de niños juguetones o chillones, con arena entre los dedos de los pies, la nariz rebosante de aroma a bronceador, un pelícano en el horizonte (mascando algo que no se sabe si es pescado, chancleta o chicle de bolita), meseros incordiando para que se les compre un Bloody Mary y, no podía faltar, un plato de mango con chilito junto a las rodillas en lugar del diccionario. Aun así, tras estas salvedades poco menos que insalvables, me aventuraré a sugerir algunos títulos a la consideración de sus posibles lectores, en espera de que una pelota de playa o el aterrizaje forzoso de una gaviota no interrumpan su concentración.
1) Aquí no es Miami, de Fernanda Melchor (El salario del miedo/Almadía). Una colección de crónicas que muestra el hundimiento de Veracruz por obra y gracia de la delincuencia, la corrupción y la impunidad. Pero el trabajo dista de ser un panfleto político. Lo que hay aquí es una prosa eficaz y una cronista hábil para utilizar la nota roja, el pop a la mexicana y los testimonios callejeros para tejer once textos que dan cuenta de un país alarmante.
2) Los predilectos, de Jaime Mesa (Alfaguara). Tras su buen debut narrativo (Rabia, de 2008), Mesa ensaya una segunda novela sobre la hipermodernidad, con personajes que lo tienen todo y a los que ni siquiera eso les basta. Una novela redonda, con un curioso aire (muy conscientemente asumido) a Scott Fitzgerald.
3) El abrazo de Cthulhu, de David Miklos (Textofilia). Miklos es uno de los narradores más consolidados de las letras mexicanas actuales. En su libro enlaza una serie de textos breves (viñetas, relatos, remembranzas, ensayo, crítica) que juguetean en torno al dolor, la monstruosidad de la memoria y la obsesión con el mundo lovecraftiano. Un mosaico que puede, incluso, leerse como novela.