Ideas

Las máscaras mexicanas

Dice Aniceto Aramoni, en su libro El mexicano ¿Un ser aparte?, que “los mexicanos de clase aristócrata o alta y el de la media, no así el de la baja, han empleado el mimetismo (se refiere a cuando un grupo humano busca semejarte a otro grupo en lo referente a costumbres, moda y en general a la cultura) en diferentes circunstancias de su existencia: semejanza o imitación de los españoles conquistadores, de los franceses y de los norteamericanos... Se trata de un mimetismo destructivo, que no protege la cultura ni la conserva, que conlleva el peligro de quedarse con una cosmovisión, con la otra o con las dos, francesa y norteamericano, pero sin la propia azteca-española”.

Y es que “el mexicano se me parece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro y máscara la sonrisa. Plantado en su arisca soledad, espinoso y cortés a un tiempo, todo le sirve para defenderse: el silencio y la palabra, la cortesía y el desprecio, la ironía y la resignación. Tan celosos de su intimidad como de la ajena, ni si quiera se atreve a rozar con los ojos al vecino: una riada puede desencadenar la cólera de esas almas cargadas de electricidad”, señala Octavio Paz en el Laberinto de la Soledad.

Según las expresiones de los dos autores, parece que el mexicano es mimético y para preservar su intimidad y soledad se pone las máscaras que encuentra al alcance. Si son las del extranjero que admira, se las pone y se sumerge en sus hábitos y costumbres. Se esconde en su propia soledad.

Agrega Paz: “Entre la realidad y su persona establece muralla, no por invisible menos infranqueable, de impasibilidad y lejanía. El mexicano siempre está lejos, lejos del mundo y de los demás. Lejos, también de sí mismo”.

Al imitar, o incorporar formas de ser de los demás, esconde su verdadera forma de ser, se oculta a sí mismo lo que no le agrada de su propia cultura. Adquiere lo que le parece es mejor y se disfraza de lo que considera lo va a ser ver de mejor nivel y categoría.

Entre ser un enmascarado a conveniencia y con un mimetismo útil al alcance de la mano, el mexicano transita con una extraña pena de ser lo que es, con un sutil rechazo a su verdadera tradición e historia.

Hoy opta por ir a las zonas arqueológicas a admirarlas como cualquier turista extranjero, pero no las siente suyas, como su auténtica raíz. Ve a las poblaciones indígenas como un tianquis más, en la que hay que regatear a los humildes comerciantes y no toma conciencia de que es su propia gente.

Es todavía actual que el mexicano tiene un closet lleno de máscaras y atuendos que le sirven para actuar en su vida diaria, lo que cree que le conviene hacer en su propia película.

Cuesta aún trabajo que los mexicanos seamos auténticos y a no temer ser descubiertos con nuestras debilidades.


 

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