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La triste decadencia del arte sacro: por un resurgimiento

El arte sacro es importante para toda la sociedad. Creyentes y no creyentes, seguidores de cualquier religión o de ninguna han encontrado a lo largo de la historia diversos motivos para relacionarse, de manera más o menos cercana, con las producciones arquitectónicas dedicadas a la divinidad, a la trascendencia.

Recordemos que la palabra “sacro” se refiere a lo que está segregado, en términos de significación y uso, de los espacios destinados a su empleo cotidiano, lo que —también en términos etimológicos— es lo profano. Fanum —lo que es sagrado—, versus profanum —lo que no lo es. Los agnósticos realmente ilustrados pueden no encontrar resonancias personales en esta diferenciación, pero reconocen la esencial significación e importancia social en las manifestaciones materiales —iglesias de diferentes denominaciones, sinagogas, mezquitas, etcétera— de la fe comunitaria. Son señales, hitos, rasgos de identidad que le dan cohesión y sentido a la vida colectiva.

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Hablando de las edificaciones católicas, salta a la vista la marcada decadencia que el arte sacro ha experimentado en el contexto mexicano. Basta revisar las producciones edilicias que para estos fines se han desarrollado desde, digamos, hace sesenta años (con raras excepciones, como las brillantes producciones de Carlos Mijares). La indiscutida cumbre de la producción anterior es la capilla de las Monjas Sacramentarias en Tlalpan, obra de Luis Barragán de 1952. Otras campanadas: las iglesias de Enrique de la Mora en Monterrey y en México, algunas de las que edificó Ricardo de Robina; San Ignacio, de Juan Sordo Madaleno, y algunas más. >

En el contexto tapatío habría que destacar particularmente la obra sacra del padre Pedro Castellanos Lambley, realizada entre 1938 y 1961. Esta verdadera colección de nuevas aportaciones al género religioso es amplia, no está documentada apropiadamente, y ha sido muy maltratada, en varios casos, por la propia Iglesia. Un ejemplo: el interior de la parroquia del Sagrado Corazón (López Mateos y Colomos). El altar mayor tenía un baldaquino interpretado en clave contemporánea, de muy notables concepción y factura, y que fue retirado de manera irreflexiva dañando la esencial expresión del espacio. Esto, para “adaptarse”, con miras muy miopes, a las disposiciones litúrgicas, mal entendidas, derivadas del Concilio Vaticano II.

Víctima de las mismas confusiones ocurrió un muy grave daño en el principal recinto religioso, y símbolo de toda la ciudad: la catedral de Guadalajara. Allí fue arrancado de mala manera de su lugar el ciprés o altar mayor. Esta valiosa pieza fue retirada, a principios de los años noventa, en aras de una supuesta “modernización” con el resultado general de mutilar no solamente la historia, sino la expresión y el sentido general del espacio. Ahora arrumbado en un “patio” de las construcciones adjuntas a Catedral, y muy maltratado, el ciprés debería ser reinstalado en su lugar para beneficio del patrimonio ciudadano y del decorum mismo del conjunto. Los pruritos “funcionales” —en nombre de los que ocurrió el atropello— se resuelven con medidas sencillas y de sentido común. Así ha ocurrido en cientos de catedrales —que sí han sido respetadas— en todo el mundo. >

Es del caso destacar también algunas obras sacras que, hasta los años sesenta, fueron edificadas en Guadalajara. La obra que Ignacio Díaz Morales realizó en este campo es muy valiosa. Tres ejemplos: la parroquia de Nuestra Señora de la Paz, la capilla de las Madres Mercedarias, el Seminario Menor y su capilla. Otra señalada edificación sacra: la capilla de San Francisco de Sales, de 1941, de Juan Palomar y Arias. Luego, dos creaciones tapatías de Barragán de los años cincuenta, ambas maltratadas y por restaurar: la Parroquia del Calvario y la capilla abierta del Parque de las Estrellas, en Jardines del Bosque.

Después, casi el diluvio. Probablemente sólo Alejandro Zohn y Salvador de Alba, más acá de los años sesenta, levantaron recintos religiosos de valía. (Entre ellos, y señaladamente, la sinagoga de Zohn por la anterior calle de Yaquis.) Y, claro, habrá unas contadas excepciones más. >

Se insiste: no es un problema exclusivo de los creyentes. La arquitectura sacra, a través de la historia, ha concernido a todas las sociedades, ha sido un patrimonio de todos. En la Catedral de Notre Dame de París sucedieron dos hechos diametralmente opuestos, con diferencia de unos años: Antonieta Rivas Mercado escogió una de las capillas laterales para su suicidio; y, al pie de la última columna del lado izquierdo de la nave, Paul Claudel encontró la conversión que lo llevaría a ser uno de los mayores poetas místicos del siglo XX.

Esta ilustración muestra un proyecto de un arquitecto crucial: el alemán Walter Gropius (1883-1969), figura mundial imprescindible en el devenir de la disciplina, en asociación con Jorge González Reyna. Es una iglesia para Torreón, y el dibujo es de 1944. En ése gráfico puede apreciarse una cualidad que está ausente de casi toda la arquitectura sacra contemporánea: la expresión mística, el misterio, el recogimiento, la alusión —con elementos y recursos constructivos y espaciales contemporáneos— a la trascendencia. Todo lo que, entre otras cosas, le hace falta a la arquitectura sacra de nuestros días. Y todo lo que, en beneficio de la comunidad entera, debería de volver.

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