Ideas
La otra cara de la moneda
Ya se habló demasiado sobre el tema de todos los días; violencia, muertes y capturas. Y sin duda alguna este tema seguirá siendo recurrente.
Así, como hay actos criminales todos los días, a cada suceso nos presentan “culpables” de los hechos. Suponiendo, en el mejor de los casos, que los presentados como criminales lleguen hasta el final de la línea, o sea que sean hallados culpables y sentenciados a prisión. Cosa que lleva tantos recovecos legales que, para cuando dictan la sentencia, ya hasta se nos olvidó de quién se trataba. ¿Qué hay de las cárceles que albergan a estos malhechores? Es decepcionante cuando la realidad de un país está escondida tras las rejas de un penal y sale a luz con hechos trágicos, sin la compañía de propuestas creíbles que nos permitan imaginar soluciones posibles. Pero la realidad es que las cárceles que albergan una mezcolanza tan diversa de presos que van desde el que se robó una cartera hasta criminales de alta envergadura: las cárceles en México son una incubadora de criminales. Las razones por las que cada uno de los reclusos esté hoy en Puente Grande, Nayarit o el Estado de México, por nombrar algunas, debería ser repudiadas por todos; sin embargo, su estadía en la cárcel no puede ser concebida como su maestría en la universidad del crimen. Las cárceles debemos pensarlas con un carácter profundamente humano, indistintamente de las acciones deshumanizadas que ejecutaron quienes se encuentran recluidos en ellas. Un centro penitenciario debería formar a los reclusos para su futura reinserción a la sociedad, sobre todo en los jóvenes. Mientras las cárceles sigan convertidas en un campo de batalla donde la supervivencia de los reclusos cuesta altas sumas de dinero, seguiremos viendo cómo sus familiares recurren a medidas similares (hampa común, secuestros, extorsiones) para cubrir los gastos de estadía. Por otro lado, la complicidad e ineficiencia de las autoridades gubernamentales encargadas del resguardo de las cárceles se ve reflejada en el tráfico de armas, municiones, drogas, alcohol y dinero que circula libremente por los penales (pasando por cuotas de celadores que bien vale hacerse de la vista gorda). La suma de estos factores hace de cada penal en México una bomba de tiempo. Ahora bien, algo que debe preocuparnos a todos y en especial a los civiles de este país es la poca o casi nula capacidad de nuestras fuerzas del orden para solventar la situación que se vive en las cárceles. Hemos visto cómo nuestros oficiales “juegan” a ser un comando de fuerzas especiales tratando de controlar y desarmar a los reclusos, propiciando muertos y heridos en ambos bandos. Ésta es la otra cara de la moneda. Detenemos a infractores de la ley, pero nuestras cárceles ya no tienen, desde hace mucho tiempo, capacidad ni seguridad. Son lugares de hacinamiento, crueldad y corrupción.