Ideas
La ocasión de lo mismo
Esa lluvia y los estragos que ésta nos provoca. Aunque se sabe que en Guadalajara cada año en esta temporada siempre se caen los árboles y se inundan las calles dejando destrozos, no deja de asombrar y acaparar las noticias. Como si nunca se hubiera visto algo parecido aquí. El tema de las inundaciones que siempre sufre nuestra metrópoli es recurrente cada año. La noticia sólo tiene vigencia mientras duran las molestias; una vez pasadas éstas, se van al olvido anual. Mientras tanto, en la sequía continuamos provocando las mismas causas que en la siguiente temporada contribuirán a más inundaciones. Tomando prestado de Sor Juan Inés de la Cruz podríamos decir: Hombres necios que acusáis a la Naturaleza sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que la culpáis. Curiosa relación que en esta ciudad tenemos con el agua: a veces nos falta, otras nos sobra. Nosotros mismos inducimos los daños que causan sus torrentes y nos lamentamos ingenuamente de éstos. Construimos justo donde luego se agrieta el suelo y donde el agua socavará derrumbando nuestras casas. La distribuimos con grandes ineficiencias y la descuidamos como si no nos costara. Al agua limpia le echamos la sucia, convirtiéndola toda insalubre. Siempre responsabilizamos a otros por nuestras desgracias; en el mal de muchos, uno se consuela con no ser el culpable. El tema del agua siempre nos aviva quejas, ilusiones, ambiciones y pleitos públicos sobre la importancia de posibles escenarios futuros. Según el tema de moda, las discusiones abarcan desde drenajes, presas, tuberías ineficientes, colectores, bajos precios, altos costos, usos, obras y créditos (desde los ilusos japoneses, hasta los “transasiapas”). Al parecer, la larga discusión sobre el agua es una prueba de cuánto aguantaremos antes de que la última gota derrame el vaso de nuestra equivocación. ¿Despertará a tiempo la ciudad que se duerme... o se la llevará la corriente? Desde las primeras civilizaciones, el buen manejo del agua ha sido el principal factor de su éxito. La ciudad, el agua y el campo siempre han sido temas inseparables. Quienes descuidan el equilibrio, entre ellos se vuelven ejemplos del fracaso. Que abundan en el mapamundi. Cuando la memoria es demasiada corta, la Naturaleza se nos impone como se fuéramos párvulos, y la realidad que entendemos es demasiado pequeña. Detrás de los románticos elementos de aire, agua, tierra y fuego están las apabullantes fuerzas inclementes que conforman, deforman y reforman al cosmos completo. Si bien nuestro rincón en el universo es de los más tranquilos (permitiendo la vida sobre este planeta), los exabruptos naturales siguen expresándose siniestramente en sus distintos fenómenos: en los terremotos, los huracanes ciclónicos, los incendios forestales infernales y las inundaciones tormentosas. Así es. ¿Cómo no se van a inundar nuestras calles, si los antiguos arroyos fueron rellenados y pavimentados para poder fraccionar y vender lotes y terrenos? ¿Y cómo no se va a inundar lo construido sobre sus lechos? Algunas calles hasta llevan cínicamente los nombres originales de esos arroyos. ¿Y cómo no se van a caer los árboles, si no se les da espacio suficiente para enraizarse bien y se les mutila las ramas (provocándoles podredumbre) para que no se enreden entre los cables eléctricos, bajo los cuales los plantaron a sabiendas de que crecen para arriba y a los lados? Porque lo nuevo sigue siendo igual a como antes, nuestra ciudad es lo que es. En cada ocasión de lo mismo, aquí siempre nos va a llover sobre mojado.