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La contaminación y la vida urbana

Las ciudades, como cualquier organismo viviente, causan efectos sobre el medio ambiente. Es inevitable que al darse la actividad urbana se produzcan consecuencias en el entorno. Saber amortiguar esos efectos y remediar las consecuencias es una obligación de las ciudades que se precien de cuidar su hábitat.

En Guadalajara, conurbación de más de cuatro millones y cuarto de habitantes, los efectos de la acción cotidiana de sus pobladores y de las diversas actividades que se realizan en ella provocan una larga serie de consecuencias. Una de ellas es la contaminación del subsuelo, los cuerpos de agua y el aire. La utilización generalizada de vehículos de combustión interna ha producido un efecto permanente sobre la atmósfera que respiramos. Este sistema de transporte es responsable de una alta proporción de esta contaminación. Diversas medidas se han aplicado buscando aminorar este efecto y, sin embargo, los resultados están aún lejos de lo deseable. La actividad industrial, sobre todo la no regulada, es también responsable de una parte significativa de esa contaminación.

Otro efecto contaminante es el que produce la erosión en la tierra y el incesante efecto de la fricción contra ella que causan los miles y miles de vehículos que transitan por vías no pavimentadas en ciertas zonas de la mancha urbana. Las partículas ahora en suspensión en la atmósfera han llegado a cotas muy altas y la red metropolitana de monitoreo ambiental viene marcando a últimas fechas calidades del aire preocupantes.

Un remedio muy efectivo contra la contaminación atmosférica es la siembra de árboles a todo lo largo y ancho de la mancha urbana. Es bien sabido el efecto salutífero de la capa vegetal de la ciudad y sus bienhechoras consecuencias para la habitación cotidiana. EXTRA, la conocida asociación civil, entre otros organismos, ha buscado con mérito la forestación intensiva de la metrópoli, y es evidente, por fortuna, la mayor conciencia de la población por mantener y acrecentar los efectivos forestales con que cuenta la ciudad.

Sin embargo, el gran problema de la contaminación prevalece. Contra él debe erigirse una cada vez más sólida cultura de la prevención ambiental. Cada habitante, cada niño de la urbe debe aprender que toda acción contaminante se revierte irremediablemente contra la sociedad. Desde temprana edad es deseable que la conciencia ambiental sea uno de los principios rectores de las actitudes de todo ciudadano. Al mismo tiempo, fomentar el respeto a la naturaleza y la abstención de acciones que dañen el aire, el agua y el subsuelo debe ser enseñanza invariable en todos los centros educativos.

La contaminación es una carga permanente que actúa contra la salud de la sociedad. Si cada uno de los habitantes de la ciudad se hace consciente de ello y actúa en consecuencia, ya habremos dado un paso fundamental para hacerle frente, y comenzar a revertirla. Sin duda un mejor futuro pasa por este principio.

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