Ideas

La casa de Malinalco

Por: Mario Melgar-Adalid

“Una nueva casa entra a la historia mexicana de nuestros días: la de Malinalco”

Cuando Maximiliano y Carlota llegaron a la Ciudad de México, se preparó su morada en el Palacio Nacional. Dormían en camas separadas y no debido a eso pasaron noches espantosas.

Los cohetes, los gritos de los borrachos, la música callejera, las riñas, las campanas de Catedral y seguramente la sombra republicana de Benito Juárez no los dejaban dormir. Decidieron buscar un nuevo aposento y lo encontraron en el Alcázar de Chapultepec, construido por los españoles como guarnición militar. Maximiliano de Habsburgo, arquitecto frustrado, diseñó su residencia en México, como lo hizo en Miramar con la ayuda financiera de su suegro Leopoldo I de Bélgica.

Después, el Castillo de Chapultepec fue la casa de los presidentes mexicanos. Don Porfirio aprendió inglés en el Castillo, Huerta tomaba coñac en la terraza, Obregón y Calles institucionalizaron en esas paredes la Revolución triunfante. Durante el maximato, el general Calles cambió su domicilio del Castillo a la calle de Tolstoi esquina con Mariano Escobedo. El decir popular: “allá vive el presidente pero el que manda vive abajo”. La misma casa donde después despacharía el ex presidente Miguel Alemán, en el Consejo Nacional de Turismo. Lázaro Cárdenas, fiel a su inquebrantable fe en la República y la democracia, cambió la residencia presidencial Los Pinos donde han vivido casi todos los presidentes, con excepción de Adolfo López Mateos que prefirió su residencia del Pedregal. Tenía cerca la carretera México-Cuernavaca donde probaba sus coches deportivos.

Los presidentes han tenido casas particulares de dominio público. Cárdenas su casona, con jardín descuidado en Palmas, Alemán, mansión elegante en Fundición (hoy Rubén Darío); Adolfo Ruiz Cortines austero, tardó en instalarse en Los Pinos y vivió en su modesta casa cerca de Barranca del Muerto; Díaz Ordaz en la calle Risco; Echeverría en San Jerónimo, donde se decía que el que ahí iba lo besaba el diablo. López Portillo en El Pedregal; Miguel de la Madrid en su sobria casa de Coyoacán; Salinas en Tlalpan; Zedillo en El Pedregal y Fox en su rancho en Guanajuato. Nunca fue relevante para el público la casa de Calderón.

Las casas particulares de los presidentes no motivaron desasosiego social, hasta que apareció la Colina del Perro. Ni siquiera la casa de los Ávila Camacho, que obligó a un absurdo trazo del Periférico para no afectarla.

¿Por qué ahora la casa blanca está en el corazón de las cuestiones nacionales, si ni siquiera es propiedad del Presidente, según dice su esposa? Simplemente porque de no haber existido, por lo pronto, se hubiera ahorrado el país dos meses y medio de caída libre en el tobogán de la cólera popular. No he leído un solo artículo que defienda la pertinencia o pureza moral de la casa blanca.

En eso estábamos, cuando aparece una nueva casa: la de Malinalco. Ligada a Higa la empresa de Juan Armando Hinojosa. Esta empresa financió una casa de descanso en Malinalco, en el Estado de México, propiedad del secretario de Hacienda, Luis Videgaray. Declaró la legalidad de la operación. No ve ninguna conexión que permita sospechar conflicto de interés.

Es grave que en las alturas del poder se piense que los mexicanos son tan ingenuos, distraídos, pusilánimes o estúpidos como para no darse cuenta de la burda manipulación. Se sabe que el pago oportuno de facturas y recibos de los contratistas marca la diferencia en los tratos con el sector público. Por eso son tan poderosos los secretarios de finanzas. La explicación que da el encargado de las finanzas públicas del país se conoce como fraude a la ley.

El tiempo y la paciencia se agotan y se renueva la vergüenza de millones de saberse representados por funcionarios que ocultan y engañan, a veces con la verdad, pero en el fondo mienten. Los mexicanos están ahora más agraviados y México tiene un puñal clavado en el alma.

¿Con qué cara pedirán las declaraciones de impuestos en abril?
 

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