Juan Francisco González
Después de la Segunda Guerra mundial, cuando De Gaulle llega a la presidencia de un país dividido, fracturado, que había padecido una invasión y que fue vencido, se plantea la pregunta de cómo rehacer la unidad de Francia. Eso no se logra con un Plan Marshall: no es tan sencillo. Hay que recobrar la dignidad y el prestigio de la nación. La respuesta de los políticos ilustrados y los pensadores, encabezados por André Malraux (1901-1976), es apelar a lo que más les importa a los franceses: su cultura. La idea de Malraux es vertebrar la unidad nacional sobre el eje de los valores culturales. De Gaulle había logrado el siempre efímero consenso político, pero era indispensable acompañar esa reconciliación de la sociedad con algo permanente y por encima de las divisiones. El genial y contradictorio personaje que fue André Malraux definió para la acción cultural del Estado una hoja de ruta que conserva toda su actualidad: facilitar el acceso de la gente a las grandes obras de la humanidad y favorecer la creación artística e intelectual que enriquezca su vida. En 1959 se creó un Ministerio de Cultura, dirigido por Malraux, que desde entonces ha sido para muchos países el ejemplo a seguir en el campo de la intervención del Estado a favor de la difusión, la conservación y el fomento de los bienes culturales.
En Guadalajara y en Jalisco el tema caminó también a partir de principios de los sesenta, y de la mano de un personaje indispensable en nuestro ámbito cultural: Juan Francisco González. Gran lector, amante de las artes plásticas, melómano, gastrónomo y muchas cosas más, este abogado tapatío ha fundado y dirigido, primero, la Galería Municipal, después el Departamento de Bellas Artes, luego la Unidad Editorial del gobierno del estado. A principios de los noventa se creó la Secretaría de Cultura, que sin duda conoció su mejor época bajo la dirección de Juan Francisco González.
No es frecuente en este país que se pueda elogiar a los funcionarios públicos por inteligentes, ilustrados o sensatos. Y menos aún, para vergüenza colectiva, por su probidad. Por eso y porque es un editor de fuste, porque logró rescatar para Jalisco un bien patrimonial de importancia mundial, porque es tan lúcido como gruñón, porque nunca se ha dejado tentar por las pretensiones y las modas pero sabe apreciar lo que vale y porque es un personaje central de nuestra cultura hay que aplaudir el homenaje que le rindió la Universidad de Guadalajara, que con ello se honra.
A contrapelo de lo que puedan opinar los “académicos” al uso, la Guadalajara de hace cincuenta años estaba lejos de ser un páramo cultural: era una ciudad proporcionalmente mucho más culta, refinada y civilizada que hoy en día. Un Juan Francisco no es flor del desierto, sino de esta tierra donde tan fructífero ha sido su trabajo.