Ideas

Joaquín Vidal, maestro de la crónica taurina

Por: Xavier Toscano G. de Quevedo

Ha transcurrido una década de su fallecimiento, y se sigue extrañando su pluma. Un año más en el que Sevilla y los aficionados del mundo taurino, no tendremos el placer y la satisfacción de leer sus crónicas; exactas, claras, sin ningún compromiso e inundadas del más puro y perfecto castellano, el que nos enseñó Cervantes, y que él utilizó siempre en sus escritos del diario El País.

Se han cumplido más de cuatro siglos que Don Miguel de Cervantes Saavedra escribiera su magnifica e invaluable obra literaria El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Novela impar y única de nuestras letras, donde se amalgama el mejor y más fino vocablo de nuestra lengua castellana, convirtiéndola en lectura obligada para todos aquellos que tenemos privilegio de profesar este maravillosos y extraordinario idioma. Recordemos y siempre tengamos presente, que la literatura está considerada como una de las manifestaciones de las Bellas Artes, y precisamente Cervantes la elevó a su máxima expresión.

La fiesta brava, con su misticismo, sus enigmas y su mágica belleza, es y siempre ha sido durante toda su existencia, una musa de inspiración para todos aquellos que teniendo el toque divino para plasmar en esculturas, imágenes, lienzos, notas musicales, etc., la utilizan como medio creativo. También en consecuencia las letras y sus escritores  que conociendo profundamente el lenguaje de Cervantes, logran convertir las crónicas taurinas en auténticas creaciones literarias que con toda justicia debemos llamar obras de las bellas artes.

Desde los inicios de nuestra hermosa fiesta brava han existido grandes columnistas con trascendentes obras literarias que han quedado perpetuadas para la historia. Sin embargo, hoy recordaré a quien con su pluma, con su ingenio, con su elocuente y fino castellano, logró que las planas de toros escritas por él fueran genuinas poesías literarias. Es claro que me refiero al maestro non de la crónica taurina, Joaquín Vidal, hombre riguroso e imbatible, que finalmente fue vencido por el cáncer, esa penosa enfermedad que sometió a un hombre que en vida, había sido toda firmeza y reciedumbre.

Su carrera periodística, que iniciara en la ciudad de Bilbao, adquiere mayor fuerza y difusión cuando en el año de 1976 llega a las páginas del diario El País, donde toma las riendas de la crónica taurina, que para entonces estaban insertadas en la sección de deportes. ¿Y? pronto cambiaría para siempre este esquema, trasladando sus escritos a las páginas de la sección cultural, donde decía él, deberían estar todas las crónicas, escritos y noticias relativas a la fiesta de los toros, acción que pronto adoptarían todos los demás medios de comunicación en España.

Sus escritos siempre fueron claros y elegantes, ya que el maestro Vidal sostenía que “lo vulgar, lo ramplón, lo escolástico y lo común” estaba prohibido para él, era una ley, que no escrita fue siempre su máxima. Viajó por toda la geografía española, cubriendo las principales ferias durante un cuarto de siglo, pero siempre actuando con total discreción y alejado en todo lo posible de los ambientes taurinos. El maestro Vidal explicaba y con razón esta actitud: “Hospedarse dónde están los toreros, los empresarios, los apoderados, los partidarios de las figuras, los aficionados de hotel, los fastidiosos aduladores, los mediocres gorrones y los trincones, es una verdadera molestia”. Y agregaba: “los taurinos actuales, son sinceramente bastante ineptos y aburridos”.

De la fiesta y sus actores así opinaba: “El auténtico toro bravo ha desaparecido de los ruedos. El toreo actual ya nada tiene que ver con la interpretación en su pureza de las suertes, pues se trata hoy, de un pegapasismo ventajista, monótono y adocenado, fruto de la degeneración en el arte de lidiar fidedignas reses bravas”.

Joaquín Vidal, es inequívocamente la pluma más brillante, elocuente y verdadera en el mundo de los toros en el final del siglo XX. Sus crónicas, al igual que la literatura de Cervantes, siempre serán leídas con gusto y admiración, una y 100 veces más, por todos aquellos que respetamos, amamos y disfrutamos de la más bella de todas las fiestas. La de su majestad El Toro Bravo.

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