Incompatibilidad cronológica
A ver, que alguien tenga la paciencia de explicarme por qué, en mis muchos años como portadora y usuaria de un reloj personal, nunca he podido conseguir uno que se mueva con esa despreocupada parsimonia que lo hacen los relojes ajenos. Debe ser cuestión de pulso, porque cuando alguien estipula una hora para encontrarnos y no llega, seguro me entran ataques de hipertensión que vuelven loco a mi aparatejo cuyas manecillas frenetizan su recorrido, para que mis tiempos nunca empaten con los del prójimo.
Cabe la posibilidad de que no haya yo tenido oportunidad de dar con el cronógrafo adecuado o, de plano, el reloj y yo vivimos de la greña, porque en algunas ocasiones, con sólo mirarlo una vez, me urge a salir corriendo despavorida, en tanto que, en otras, lo acaricio con la mirada hasta una decena de veces y siento que camina más lento que mis deseos de abandonar un lugar, digamos, una soporífera conferencia, o una extensa junta para tratar de componer lo irreparable.
Pero, volviendo al punto de los desencuentros temporales, tanto como me esponja el ánimo que me hagan esperar y abusen de lo que no me sobra, lo hacen quienes defienden su impuntualidad con el argumento de que es mi cachivache el que anda marcando a deshoras. De similar genio me ponen aquéllos que, como no se toman su tiempo para sus abluciones matinales, andan acelerando el mío a claxonazos para que les deje tránsito libre por una calle, porque soy yo y mi pachorra automovilística las responsables de que lleguen tarde a la chamba.
“Pues levántate más temprano”, sugerí con insospechada prudencia al hombre que emparejó su automotor con el mío, para reconvenirme sin mucha cortesía mi calidad de estorbo. Juro que de haber sabido que dicha rúa formaba parte de su patrimonio personal, no me habría atrevido a cometer semejante desacato, y así se lo hice saber, para acabar de agriarle el talante y provocar la ampliación de su retraso laboral (y mental) que intentó abreviar con un arrancón de antología. Pobre hombre, pensé al verlo alejarse entre una nube de humo, porque además de la amonestación que recibiría, muy pronto se vería en la eventualidad de estrenar llantas.
En definitiva y por múltiples razones, sospecho que nunca he podido adquirir un cronómetro decente, no sólo para que funcione a la par del de algunos parientes, amigos, conocidos y eventuales concertantes de una cita, sino para localizar, por ejemplo, a qué hora se refiere mi hermana cuando con toda claridad puntualiza que pasará por mí a las “ocho/ocho treinta”, para acudir a un desayuno familiar. Aunque ninguno de mis relojes disponibles tiene la capacidad de señalarme tal nomenclatura horaria, por puro conocimiento empírico he asimilado que la puedo localizar cuando las manecillas pululan entre las “ocho cincuenta/nueve diez”, justo cuando los pocos pelos que me quedan se me empiezan a poner en punta; eso sí, en punto.