Guadalajara: oportunidades perdidas (o posibles) para la belleza, la torre de Telmex
Durante los años del expansionismo económico, el monopolio estatal del servicio telefónico tuvo un imparable crecimiento. A lo largo y ancho del territorio nacional proliferaron sus instalaciones y sus centrales. Al efecto, la paraestatal compró innumerables terrenos en ubicaciones urbanas privilegiadas. Y levantó allí, posiblemente, los edificios más feos de las últimas décadas (aunque es una muy disputada competencia).
Eran los años del funcionalismo furibundo, y cada edificación de Teléfonos de México estaba concebida como una simple cajota en donde cupieran bromosos equipos y otras dependencias. El llamado “brutalismo”, también entonces en boga, nunca tuvo un más adecuado título. El resultado sigue a la vista: en barrios o centros citadinos los voluminosos cajones telefónicos constituyen un grave demérito para la imagen urbana, muestran una radical indiferencia hacia el contexto circundante, desescalan calles y perspectivas, y ofrecen un muy pobre tratamiento de exteriores y banquetas. Son lo que los ingleses llaman “eyesores”: dolores de ojos en un lugar antes armonioso, algo así como desagradables anomalías y tristes chipotes en un paisaje urbano al que echan a perder. (Un ejercicio: compárense los actuales edificios de Telmex con el que famosamente movió don Jorge Matute: servían para lo mismo, y el tamaño siempre se puede gobernar).
¿Había otra alternativa? Por supuesto que sí. Pero se necesitaba que los altos mandos de Telmex tuvieran la lucidez y la responsabilidad de mantener un programa permanente de adecuación respetuosa y armoniosa de sus edificios a cada entorno. De verdadera arquitectura. En las ciudades más importantes y en el último pueblo en donde necesitaran construir sus instalaciones. Y, para esto, se necesitaban arquitectos con tino y talento, muy capaces por cierto, de erigir lo que se requería, pero correctamente. No como una agresión, sino como una bienvenida aportación a sus emplazamientos físicos, adecuada a diferentes latitudes y entornos. Claro que se podía.
Años después, consta, ya cuando el monopolio pasó a manos particulares, hubo débiles intentos por iniciar un programa para suavizar los impactos negativos de las instalaciones y hacerlas, por lo menos, más discretas y en lo posible menos discordantes. No se llegó, evidentemente, a nada.
En Guadalajara, el caso de punta es el Edificio de Telmex ubicado nada menos que sobre la Avenida Vallarta, entre Lafayette-Chapultepec y Progreso. Para colmo, da de calle a calle (de Vallarta a López Cotilla). Ocupa el lugar de una de las grandes casas de esa avenida, construida en los años veinte del pasado siglo. (Por la calle López Cotilla aún queda una última pilastra como testigo de lo que había.) A cambio de esa casa, muy bonita y con una arbolada huerta (con tanque de natación incluido) ahora —y desde hace mucho— tenemos el almodrote que, irremediablemente afea todo el contorno.
No contentos con el almodrote, los de Telmex le construyeron una alta torre encima, destinada a albergar diversos tipos de antenas, y que se ve desde muchos lados. Ahora bien, según nos enteramos, la compañía telefónica, y su dueño, gozan de una robusta salud financiera. Es factible, a partir de todo lo anterior, pedir para la ciudad algún remedio, una mínima retribución para las altas cotas de fealdad (o sea, de pérdida de calidad de vida) que ha tenido que padecer, por éste y varios otros edificios.
La propuesta concreta es: convocar a un concurso entre los arquitectos para (como se intentó alguna vez, como se menciona líneas arriba) aminorar el impacto negativo de la construcción y, en cambio, aportar a la comunidad una presencia agradable y propositiva. No es factible desaparecer el enorme bulto, pero sí es factible darle, gracia, escala, proporción, presencia amable. Particularmente significativa es la torre. De ser el adefesio lleno de chipotes que es ahora se puede cambiar, mediante las medidas pertinentes, en una torre distintiva, airosa, muy bonita. Algo que en vez de quitar, le de identidad y gusto a los habitantes. La inmensa compañía de teléfonos, y su próspero dueño, tienen la palabra. Y las autoridades bien podrían también hacer su parte.
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