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Guadalajara, Guadalajara, hueles a...

Nada nos define tanto como el olor; cualquier perro podría decirlo. Aunque, quizá sabiamente, ponemos poca atención a los olores, éstos no sólo definen a las personas sino también a las ciudades. Todas las ciudades tienen un olor característico. El de la Ciudad de México es un olor a drenaje profundo que, aunque no llega a ser nauseabundo, es penetrante y poco agradable, que se percibe al paso de cada alcantarilla en el Centro. París es una ciudad que huele muy mal, pero es tan bella que difícilmente ponemos atención al hedor. La mezcla de perfumes y sudores añejos del metro de París puede ser una de las experiencias más desagradables a las que se pueda enfrentar un ser humano, y las calles tienen ese olor podrido de los que fueron los pantanos de los alrededores del Sena. Madrid huele a ajo, un mismo aroma que sale de las ventanas de las casas y de los sobacos de los madrileños, etcétera. Cada ciudad tiene su olor y los habitantes somos los menos indicados para captarlo porque los hemos integrado a la ciudad. Hace unas semanas, una lectora me escribió advirtiendo de lo feo que olía nuestra ciudad. ¿A que huele Guadalajara? Nos gusta decir que a tierra mojada, o a rosa temprana, pero eso es tan falso como que Tlaquepaque es una pueblito, o que las tapatías sean fieles al rebozo, sólo por citar los clichés de Pepe Guízar. A falta de tierra sin urbanizar, hoy para que huela a tierra mojada se requiere una tarde limpia de verano, con viento que traiga desde El Arenal o Cuquío ese olor de la tierra recién llovida que era nuestra y ya no lo es. De las rosas ni hablemos, han ido desapareciendo del mapa urbano, al igual que los jazmines y las camelias de los jardines. Hoy, los olores de Guadalajara dependen fundamentalmente de la zona, pero ninguno es agradable. El Centro huele a drenaje. El sifón del colector que corre debajo de la Calzada Independencia es una fuente de mal olor. A todo lo que pasa por ahí abajo es a lo que huele arriba. Gracias a la cantidad de túneles y obras viales que se han construido en la ciudad, el olor a drenaje se ha democratizado y podemos percibirlo en una gran parte de la ciudad. Otro olor característico de Guadalajara es el smog. Estamos tan acostumbrados a respirar humo que casi no lo distinguimos, pero es una mezcla de olores de diesel de camiones, olores de autos viejos a combustión de gasolina y los nuevos que, gracias al catalizador, despiden menos gases venenosos, pero más olorosos. Como cada día hay más autos, cada día huele más. Pero el peor sin duda es el olor del aeropuerto. Ese olor a azufre, a huevo podrido, no lo tiene ninguna ciudad del mundo. Con ese olor, que viene de la Presa del Ahogado, que la mayor parte del año es un pantano, y sobre la cual se vierten cualquier cantidad de porquerías, vamos a recibir a los invitados Panamericanos porque no fuimos capaces de resolverlo a tiempo. ¿A que huele Guadalajara? A desastre urbano.
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