Ideas

Festivo empacho

Con seguridad fue la profusión de globos y crespones que me colmó el panorama visual, en cuanto llegué al escenario de la fiesta infantil a la que ocurrí, lo que me comenzó a provocar cierto malestar, entre mareo y vahído, frente a semejante derroche de látex, gas y mecate.
Doy por cierto que eso fue, porque ni modo que la incomodidad se me hubiera desatado con el plato doble colmado de ralladura de piña, zanahoria, jícama, pepino y coco bañados con salsa de chamoy que me embodegué, cuando todavía ni siquiera había tenido la cortesía de saludar a los anfitriones.

Lo más probable es que haya sido la frenética danza de chiquillos disfrazados con todas las advocaciones de los superhéroes la responsable de haberme detonado  las incipientes agruras , porque un cuarto de cacahuates japoneses, algunas papas doradas, tres o cuatro churritos y otras tantas frituras de harina, ahogados en Valentina y limón, serían incapaces de inducir aquella indisposición estomacal que se me empezó a manifestar, y luego se me agudizó con la docena de puños de palomitas con que completé el aperitivo, antes de dar paso al panini de carnes frías y quesos varios que me zampé de tres bocados, completándome la ración con un par de minúsculas hamburguesas que un chilpayate dejó desbalagadas sobre mi mesa.

Tengo la certeza de que nomás de puro tantear el costo de los abundantes carteles de felicitación a la cumpleañera, su vestido de princesa idéntico al de la conductora de los concursillos entre infantes, todo a juego con los pomposos centros de mesa, las piñatas con los mismos motivos, el gigantesco cartón decorado para depositar los regalos, el pastel de tres pisos y la torre de cupcakes dispuestos sobre una mesa enmarcada con un arco de globos fue lo que me propició el alboroto del tracto digestivo, porque de ninguna manera podría yo culpar a la espiropapa, el salchipulpo, el vasito de elote desgranado y las cuatro bolas de nieve que me engullí para los postres con todo y recipiente comestible.

No voy a mentirles cuando les asegure que fue la impresión de constatar la índole de golosinas y juguetes extraídos de las cuatro piñatas que los mocosos destriparon en media hora lo que me floreó el epigastrio, y no el mazapán, el pulparindo, el chocolate, la nucita y la cocada con que gratifiqué mi eventual glotonería que, a esas alturas, ya traía yo medio mermada.

Empero, y en definitiva, el explosivo detonante de la hecatombe digestiva que me duró toda la noche y me hizo dar cuenta de mis vastas existencias de eupépticos y antiácidos sólidos y efervescentes, fue la apreciación de aquel colosal monumento al carbohidrato que, bajo el título de “barra de dulces” (que para efectos de malinchista elegancia se ostentaba como “candy bar”) desplegaba toda suerte de vistosos contenedores decorados con los colores y dibujos de la ocasión y rebosantes de cuanta confitura se pueda cualquiera imaginar.

Sé que fue esta gráfica y reveladora visión de lo que significa la palabra “exceso” lo que me anudó la epiglotis con el duodeno, porque no voy a imputar la responsabilidad de mi desbarajuste estomacal al chocolatito, los dos o tres caramelitos, unas gomitas y unas diablas de bolitas de tamarindo con chile que me pusieron el esófago en serios aprietos y que, cuando iba ya de salida, sustraje e hice desaparecer al interior de mi cavidad oral. Bien dijo Juan José Arreola que los excesos, hasta en la virtud, son malos. Hoy descubro que también empachan.

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