Ideas

Felicidad, desigualdad y estabilidad

Bien dice el dicho que “como México no hay dos”: de entre los países miembros de la OCDE, el nuestro es en el que más horas al año se trabaja (2317 contra 1381 en los Países Bajos) y el tercero con los más reducidos ingresos por persona (14, 653 dólares al año contra 54,214 en los Estados Unidos). En esta relación ya de por sí extraña, lo que más llama la atención es que, no obstante eso, al mismo tiempo sea el quinto con el más alto grado de satisfacción con la vida (felicidad). Así pues, una primera definición del mexicano diría: “muy trabajadores, muy pobres, pero muy contentos y felices con la vida”.

Más allá de lo chusco y anecdótico que pueda parecer esa situación, los datos muestran una realidad que no puede soslayarse y exige ser abordada con toda responsabilidad. En principio, una cosa es trabajar y otra producir y crear riqueza. Cuando se trabaja mucho y se sigue siendo pobre, es porque no se tiene productividad y porque las políticas públicas para la igualdad de oportunidades no están dando resultados.

En México, el alto grado de satisfacción con la vida —cuando se tienen las más altas tasas de homicidios, de asaltos, de baja calidad del agua y de contaminación del aire— más que ser un indicador objetivo, lo es de índole personal, cultural, asociado a ventajas geográficas y/o a la disposición de recursos naturales. La felicidad no puede utilizarse como indicador para decir que la economía está bien y la desigualdad es baja. En Suiza, Noruega, Bélgica e Islandia su alta satisfacción con la vida (superior a la nuestra) se correlaciona también con su elevado nivel de ingresos, una baja desigualdad social y un medio ambiente limpio.

Para elevar la calidad de vida de la población (indicador que sí es real) los gobiernos no necesitan crear secretarías de la felicidad (como Venezuela), sino elevar la productividad y reducir la desigualdad: mientras Corea del Sur ha elevado su productividad en 2.4% cada año, en México ha descendido un 0.7% durante las últimas tres décadas. Así mismo México avanza a pasos sostenidos en desigualdad: es ya el país más desigual de la OCDE, pues el 10% más pobre cobra 30.5 veces menos que el 10% de los que más ganan (el promedio de la OCDE es 9.6).

Para elevar la productividad y el ingreso se requiere mayor inversión en educación, ciencia y tecnología (como lo hizo Corea del Sur que septuplicó su ingreso en 30 años); mejores instituciones jurídicas; y reducir la economía informal, principalmente. Atenuar la desigualdad exige una política fiscal con rangos progresivos; eliminar subsidios generalizados al consumo; y elevar el gasto público destinado a los programas sociales, entre otras cosas.

Debemos entender que trabajar muchas horas más no nos va a hacer más ricos y que nuestra felicidad no debe darse en un contexto de miseria y depredación ambiental, como si fuera una tragedia. Cuando en México se trabaje menos, se reduzca la desigualdad y se cuide el medio ambiente, nuestra felicidad será mejor que la de los países nórdicos. Si nuestra felicidad no adquiere sustento real, tarde que temprano la estabilidad social podría afectarse.

Sigue navegando