Fallidas pretensiones
No en balde las mujeres, en cuanto comenzamos a abuelear, nos volvemos insufribles, si no con los nietos, a quienes nos encargamos de mimar hasta echarlos a perder, sí con el resto de la audiencia que elegimos para que toleren nuestros soporíferos relatos acerca de los avances, las gracejadas e innegables muestras de preclara inteligencia de esos moconetes cuya única gracia, en realidad, estriba en habernos prolongado la propia estirpe. Por una no muy lúcida conciencia, suponemos que a quienes nos rodean les interesa seguir paso a paso la evolución de un pequeño, y que nada les complace más que cedernos el tiempo, espacio y voz cantante en una reunión para que nos explayemos documentando al dedillo los hallazgos cotidianos de los retoñitos de nuestros retoños.
De lo que tampoco escapamos en cuanto nos convertimos en abuelas, y aunque suene descarnado e impropio para referirme a tan amoroso vínculo, es de la ridiculez que nos regresa a las cancioncillas infantiles, a sentarnos en el piso y andar a gatas cuando ya las coyunturas no nos dan para semejantes excesos, pero obviamos tan penoso hecho con tal de proyectarnos, tal vez, como esas pacientes madres que no tuvimos tiempo de ser, agradeciendo a la vida la segunda oportunidad de resarcir tan relevantes omisiones chiqueadoras.
En lo personal, y muy próxima a convertirme nuevamente en abuela de un par de cuatitos que pronto aterrizarán allende el río Bravo, y anticipando que se trata de un par de chiquillos hermosos, cargados de gracia e inteligencia desbordada, la ridiculez propia de mi arrugada especie me sembró la tierna aunque temeraria idea de salvar el tiempo de espera tejiéndoles sendas cobijitas, con mis propias e inexpertas manecitas que, en más de tres decenios, no se han ocupado de algo más que calificar textos, teclear insensateces y, cada vez más eventualmente, cucharear cazuelas.
De modo que picada por sabrá Dios que laboriosa mosca, me entró la trasnochada idea de entregarme a las artes de Aracne cuando no tengo ni siquiera la más remota idea, ya no digamos de la mecánica para elaborar la citada prenda, sino de las herramientas y materiales para hacerla. Sabedora de que para la humanidad no hay imposibles, y para una emprendedora abuela menos, me acogí a las errabundas instrucciones de una abuela de mis rumbos quien, tras asegurarme de que se trataba de un propósito sin mayor chiste y para cuya elaboración no requeriría yo poner en ejercicio más de dos neuronas, me recetó la aventura de lanzarme al centro de la ciudad para procurar los rudimentos necesarios en un sitio donde, además, me darían instrucciones gratuitas para confeccionar mis pretensiones.
Una vez allí, frente a un mostrador en donde docena y media de empleadas despachaban con diligencia al doble de avezadas compradoras y con la mirada vagando sobre algo así como un millón de madejas de estambre de igual cantidad de tonalidades y texturas, perdí como 80 kilos de aplomo y me hundí en el mar de la confusión extrema. A mis espaldas, una decena de hábiles tejedoras, asesoradas por la maestra en turno, se daban a la tarea de hacer primores con ganchos, agujas y unas ruedas de plástico que nunca había yo visto siquiera. Cuando escuché que la instructora hablaba en un lenguaje incomprensible para mis rudas entendederas, asumí con humildad que mis afanes de abuela no darían para tanto y que lo más conveniente sería honrar mi amoroso estatus con algo no tan significativo, pero menos empinado.